La figura del arquitecto Antoni Bonet Castellana permite observar con particular claridad las modalidades a través de las cuales, en la segunda posguerra, ideas, modelos y proyectos urbanos circularon entre contextos geográficos y culturales diferentes. Su trayectoria profesional se desarrolla a lo largo de un recorrido que conecta de manera estable la Europa mediterránea y América Latina, configurando un espacio de confrontación y transformación recíproca en el cual Bonet opera activamente en los procesos de transferencia, traducción y reelaboración de los saberes urbanísticos modernos.

Este artículo no pretende reconstruir de manera exhaustiva la totalidad de la producción urbanística de Bonet, ya ampliamente abordada por la historiografía, sino concentrarse en un problema específico: la metamorfosis de la manzana en supermanzana como dispositivo proyectual de traducción urbana entre Buenos Aires y Barcelona. La hipótesis propuesta es que, en la obra del arquitecto catalán, la supermanzana no constituye solamente un módulo de organización funcional ni una derivación directa de los principios del urbanismo moderno, sino un instrumento capaz de mediar entre orden histórico y desarrollo metropolitano, entre ciudad ideal y ciudad real.

El término supermanzana no se asume aquí como una formulación original del artículo, ni como una simple derivación terminológica del debate de los CIAM, sino como una noción operativa que emerge del análisis de los planes de Bonet y de su posterior interpretación crítica. El aporte del ensayo consiste en precisar su funcionamiento como instrumento de traducción urbana, a través del cual el arquitecto reformula principios modernos en relación con las grillas históricas y las condiciones materiales de Buenos Aires y Barcelona.

La segunda posguerra representa el momento en que tales dinámicas adquieren particular intensidad. La reconstrucción europea, el crecimiento de las metrópolis latinoamericanas y la redefinición de los equilibrios económicos y culturales internacionales favorecen la movilidad de técnicos, modelos, teorías y proyectos urbanos. En este marco, la experiencia de Bonet ocupa una posición significativa: atraviesa contextos marcados por diferentes estructuras morfológicas, económicas, sociales y políticas, evidenciando no solo la difusión global del proyecto moderno, sino sobre todo las modalidades de su reinterpretación local.

Buenos Aires y Barcelona, las ciudades en las que Bonet trabaja con mayor continuidad, emergen así como principales campos de verificación proyectual. Ambas presentan condiciones urbanas consolidadas, en las cuales el proyecto urbano moderno no se enfrenta con espacios vacíos, sino con tejidos densos, infraestructuras existentes y sistemas relacionales estratificados. El damero colonial de la capital argentina y la grilla del Ensanche de Cerdà constituyen dos trazados ortogonales dotados de una fuerte capacidad ordenadora, aunque atravesados por profundas crisis vinculadas con el crecimiento del siglo XX, la presión del tráfico, la densificación edilicia y la progresiva pérdida de calidad de los espacios colectivos.

Desde esta perspectiva, Buenos Aires y Barcelona no se asumen como simples lugares de aplicación de un mismo modelo, sino como dos campos de verifica en los cuales Bonet reelabora críticamente estructuras urbanas consolidadas. El aporte específico del ensayo consiste, por lo tanto, en leer los planes para el Barrio Sur de Buenos Aires y para la Ribera de Barcelona como dos momentos de una misma investigación transatlántica. Los demás planes y propuestas urbanas desarrollados por el arquitecto catalán -desde Punta Ballena hasta Necochea-Quequén, pasando por las diversas experimentaciones residenciales y territoriales elaboradas entre Argentina, Uruguay y España- constituyen un campo más amplio ya indagado por la historiografía reciente (Tabera Roldán, 2020; León, 2021). En el presente trabajo, estos se mencionan solo cuando resultan útiles para reconstruir la definición progresiva de un dispositivo urbano que encuentra en la supermanzana su formulación más acabada.

El trabajo se basa en una lectura comparativa de los proyectos urbanos elaborados por Bonet en ambas orillas del Atlántico, poniendo en relación memorias proyectuales, publicaciones coetáneas e interpretaciones historiográficas posteriores (Balldellou, Ortíz, 1978; Katzenstein, Natanson, Schwartzman, 1985; Álvarez, Roig, 1999; Ferrari, 2003; Tabera Roldán, 2020; León, 2021). El análisis no asume los planes como objetos aislados, sino como nodos de una secuencia en la cual principios, figuras e instrumentos del urbanismo moderno son continuamente reformulados en relación con los caracteres específicos de los lugares en los que se insertan. En este sentido, la noción de traducción urbana no se utiliza como una simple metáfora, sino como una clave para comprender el pasaje de un repertorio teórico compartido -el de los CIAM, la Ville Radieuse y el debate sobre el nuevo urbanismo moderno- a dispositivos proyectuales construidos a través de la confrontación con tramas, infraestructuras, topografías y espacialidades existentes.

Los planes elaborados para estas dos ciudades definen estrategias que miden constantemente la relación entre el paradigma de la ciudad ideal y su aplicación en la ciudad real. El presente ensayo reelabora y profundiza algunos materiales y argumentos desarrollados en la tesis doctoral del autor, dedicada a la obra de Antoni Bonet Castellana y defendida en la Università Iuav di Venezia (Triches, 2016) (Fig. 1).

Figura 1

Figura 1.   De las manzanas a las supermanzanas entre Buenos Aires y Barcelona. Fuente: elaboración propria.

Las primeras experiencias profesionales de Antoni Bonet se inscriben en un contexto intensamente marcado por la circulación internacional de las ideas del movimiento moderno. Entre la finalización de sus estudios y el inicio de su carrera, el trabajo realizado junto a Josep Lluís Sert en el grupo GATCPAC y, posteriormente, en el estudio parisino de Le Corbusier, permitió al joven arquitecto consolidar una formación racionalista en clara discontinuidad con una enseñanza académica todavía fundada en modelos historicistas y regionalistas.

Son los años en los que el arquitecto suizo concentra sus esfuerzos en la definición de la ciudad moderna como principal dispositivo de difusión de la nueva arquitectura (Le Corbusier, 1967). Bonet asiste directamente a la elaboración de grandes proyectos urbanos que adquieren un valor paradigmático en el debate internacional, entre ellos el Plan Macià para Barcelona, redactado en 1932 por Le Corbusier con el GATCPAC, y el Plan Director para Buenos Aires, desarrollado por el arquitecto suizo junto con Jorge Ferrari Hardoy y Juan Kurchan. En ambos casos, el proyecto urbano se configura como la traducción concreta de los principios de la Ville Radieuse, modelo teórico que sistematiza las cuestiones discutidas en los CIAM y al que Bonet, todavía estudiante, tuvo ocasión de asistir directamente.

A través de estas experiencias, el joven arquitecto entra en contacto con un conjunto coherente de instrumentos proyectuales -la zonificación funcional, la reorganización de los sistemas de circulación, la definición de módulos urbanos ordenadores, la integración entre escala territorial y arquitectónica- concebidos como una estructura adaptable a contextos diferentes. El Plan Macià introduce una lectura funcional de la ciudad existente y propone nuevos dispositivos de asentamiento basados en la adecuación de la manzana a las exigencias de la movilidad moderna (GATEPAC, 1933), mientras que el Plan Director para Buenos Aires desarrolla una visión territorial en la cual la red infraestructural se convierte en elemento generador de la forma urbana y en instrumento de regulación del crecimiento (Le Corbusier, 1930).

En este marco, la formación de Bonet no se agota en la asimilación de modelos teóricos, sino que se configura como una experiencia directa de participación en procesos de transferencia y reelaboración proyectual entre Europa y América Latina. La referencia a los CIAM resulta decisiva no solo para comprender la adhesión inicial del arquitecto a los principios de la ciudad funcional, sino también para medir la distancia que progresivamente construye respecto de su aplicación abstracta. La zonificación, la separación de flujos, la búsqueda de nuevas unidades urbanas y la centralidad de la vida colectiva no son, en efecto, abandonadas, sino sometidas a un proceso de traducción que modifica su valor operativo. Es precisamente en esta tensión entre adhesión y transformación donde se definen las premisas de su trabajo posterior, en el cual la ciudad moderna será interpretada no como un modelo a transferir, sino como un sistema de instrumentos a reelaborar en relación con la ciudad existente.

El traslado definitivo de Antoni Bonet Castellana a Buenos Aires señala el inicio de una etapa en la cual la circulación de los modelos urbanos modernos se confronta con una realidad metropolitana compleja y estratificada. A partir de los años cuarenta, el arquitecto catalán desarrolla una serie de propuestas que, aunque en gran parte no realizadas, constituyen un campo concreto de experimentación proyectual en el cual las referencias europeas son progresivamente traducidas en relación con las especificidades morfológicas, sociales y económicas de la capital argentina.

Un primer momento decisivo está representado por la participación en la constitución de la OVRA (Organización de la Vivienda Integral en la República Argentina) en 1942, organismo nacido tras la redacción del Plan de Buenos Aires con el objetivo de reunir a las personas más activas y favorables a las ideas urbanísticas de Le Corbusier para ejercer presión sobre las autoridades locales y hacerlas así realizables. La propuesta para el Conjunto Urbanístico Casa Amarilla, único proyecto publicado por el grupo, constituye una primera operación de traducción del paradigma lecorbusieriano en el tejido urbano porteño: un fragmento de Ville Radieuse injertado en la ciudad real mediante torres y bloques residenciales dispuestos sobre un suelo continuo, idealmente restituido a la circulación peatonal y a los usos colectivos. (Álvarez y Roig, 1996)

Esta línea de investigación encuentra un desarrollo ulterior en la experiencia de la Oficina del Estudio del Plan de Buenos Aires, constituida en 1947 con el objetivo de construir un plan urbanístico total, capaz de interpretar la ciudad como organismo dinámico. La síntesis operativa de estos estudios está representada por el Plan de Urbanización del Bajo Belgrano, proyecto que prevé la realización de un nuevo sector residencial para alrededor de 50.000 habitantes, en el cual el dispositivo central está constituido por las denominadas manzanas verticales: grandes edificios de alta densidad concebidos como estructuras capaces de concentrar residencia, servicios colectivos y recorridos cubiertos.

Ambos proyectos constituyen espacios de experimentación proyectual que van más allá de la simple traducción formal de modelos. El primero reelabora la hipótesis del injerto de un fragmento de ciudad moderna dentro del tejido porteño; el segundo introduce con mayor claridad el tema de la concentración residencial y de la nueva unidad urbana. Como ha señalado la historiografía reciente, el pasaje hacia el Barrio Sur implica, sin embargo, una discontinuidad significativa respecto de las propuestas latinoamericanas precedentes de Bonet: ya no se trata únicamente de bloques aislados o grandes estructuras residenciales vinculadas al repertorio lecorbusieriano, sino de una reelaboración más compleja de la continuidad del tejido urbano, de la escala humana y de la relación con la ciudad histórica (Tabera Roldán, 2020; Tabera Roldán y Acilu Fernández, 2022). Tales experiencias, así como los demás proyectos urbanos desarrollados por Bonet en ese período, adquieren particular relevancia si se consideran no como episodios autónomos, sino como etapas de una investigación que encuentra en el Plan de Urbanización y Remodelamiento de la zona sur de Buenos Aires una primera síntesis. Es allí, en efecto, donde la reflexión sobre la manzana vertical, la separación de flujos, la centralidad comunitaria y la continuidad del suelo público se recompone dentro de un dispositivo más complejo: la supermanzana (Fig. 2).

Figura 2

Figura 2.   La Buenos Aires de Antoni Bonet Castellana. Fuente: elaboración propia.

Encargado en 1957 por el Banco Hipotecario Nacional y la Municipalidad de Buenos Aires, luego de una conferencia en la que el arquitecto sostenía la necesidad de intervenir en los barrios centrales degradados en lugar de continuar con la extensión indefinida de la ciudad, el proyecto actúa sobre una parte estratégica pero paralizada de la capital argentina. El Barrio Sur, comprendido entre San Telmo y Monserrat, se presentaba como un área próxima al corazón político y simbólico de la ciudad, pero marcada por un largo proceso de declive: abandono de la población originaria, deterioro del patrimonio edilicio, congestión del tráfico, falta de inversiones y profundo desequilibrio respecto de los barrios de la zona norte. La propuesta de Bonet se configura, desde el comienzo, como una operación de reequilibrio urbano, fundada no en la expansión, sino en la transformación de la ciudad existente (Álvarez y Roig, 1996). La centralidad de esta propuesta dentro del debate sobre la transformación de la capital argentina fue retomada posteriormente también por las lecturas dedicadas al Barrio Sur (Molina y Vedia, 1999).

Esta operación se vuelve particularmente significativa por la propia naturaleza del contexto. Al norte, el barrio se relaciona directamente con la Plaza de Mayo a través de la Diagonal Sur, actual Avenida Presidente Roca; al oeste y al este está delimitado por ejes urbanos de primera importancia, como el Paseo Colón y la Avenida 9 de Julio, mientras que al sur se conecta con el Parque Lezama y con el sistema de transporte metropolitano que gravita en torno a Plaza Constitución. Ocupa, por lo tanto, una posición de gran accesibilidad, estrechamente integrada al sistema de intereses urbanos y a la estructura infraestructural de la metrópolis. A esta centralidad se suma una condición topográfica excepcional dentro del marco relativamente uniforme de Buenos Aires: la presencia de la barranca al sudeste y de las huellas de los antiguos canales entubados ofrece a Bonet la posibilidad de trabajar sobre la diferenciación de niveles, transformando una especificidad morfológica del sitio en principio ordenador del proyecto, en particular para resolver los problemas de circulación y accesibilidad. La estructura territorial e infraestructural no constituye entonces una simple premisa, sino la matriz misma a partir de la cual se construye el plan.

Al mismo tiempo, el Barrio Sur conserva con particular evidencia los caracteres y los límites de la ciudad histórica. El tejido edilicio, sustancialmente homogéneo, está formado por construcciones bajas y profundamente degradadas, en las cuales la subdivisión interna de los espacios, adaptada a las necesidades de una población creciente y pobre, había borrado casi por completo el carácter originario de los edificios. A la escasez de espacios abiertos y de lugares de centralidad cívica, se suma la permanencia de un trazado fundado en la manzana colonial (Aliata y Liernur, 2004), módulo que durante mucho tiempo había garantizado orden, continuidad y capacidad de crecimiento, pero que ya no resultaba adecuado a los problemas modernos de la circulación y de la coexistencia entre flujos peatonales y vehiculares. En la memoria del plan, Bonet reconoce que la manzana y la calle que la flanquea habían permitido a la ciudad crecer “en toda dirección”, garantizando “orden y continuidad”, pero observa también que las calles se habían convertido ya en “simples canales de tránsito en los cuales el hombre circula desorientado y confuso” (Bonet, 1957).

Respecto de las experiencias precedentes, el Barrio Sur introduce un cambio decisivo. La cuestión ya no se refiere solamente a la realización de la ciudad moderna, sino a la posibilidad de transformar la estructura misma de la ciudad histórica sin cancelar su orden fundacional. La manzana colonial es asumida por Bonet como una unidad insuficiente, pero no como una forma que deba ser negada. El proyecto opera precisamente sobre esta ambivalencia: conserva la grilla como principio de continuidad urbana, pero modifica su escala para hacerla compatible con las exigencias de la movilidad moderna, de la densidad residencial y de la vida colectiva. La respuesta del plan consiste, por lo tanto, no en la sustitución abstracta de la manzana tradicional, sino en su transformación escalar y funcional mediante una nueva unidad de medida urbana: la supermanzana, definida por el agrupamiento de dieciséis manzanas, a través de la cual se organiza el área de proyecto en seis sectores delimitados por las principales avenidas de tránsito rápido. En este pasaje se manifiesta con claridad el carácter de traducción urbana del proyecto: el damero no es negado, sino asumido como orden de base y transformado para responder a las exigencias de la ciudad contemporánea. La supermanzana conserva la ortogonalidad y la continuidad de la grilla, pero modifica su escala física y funcional, permitiendo una separación más eficaz de los flujos, una mejor organización de la movilidad y la construcción de unidades urbanas autónomas. Cada sector, aun manteniendo una elevada densidad, es concebido como un organismo completo en el cual se concentran viviendas, servicios cívicos, equipamientos culturales, comercio y espacios verdes. Bonet (1957) describe esta organización a través del equilibrio entre dos fuerzas complementarias: “un elemento centrípeto que da al barrio sus características propias y el mecanismo de sus relaciones vitales” y “un elemento centrífugo que constituye una fuerza unificadora con la ciudad”.

La supermanzana se define así como unidad autónoma y, al mismo tiempo, como parte de un sistema urbano más amplio, capaz de garantizar continuidad morfológica y accesibilidad física.

Sobre esta base, el plan construye su dispositivo espacial más innovador: una plataforma situada a una cota superior respecto del sistema vial, adherida a la configuración natural del terreno, que garantiza la continuidad de la circulación peatonal y la separación de los distintos niveles de tránsito. El espacio público ya no es el simple residuo dejado entre los edificios, sino una estructura continua y multinivel que organiza las relaciones entre recorridos, vivienda, comercio y equipamientos colectivos. Las intersecciones entre las grandes avenidas se convierten en puntos de contacto entre las unidades, lugares en los cuales la escala del barrio se abre a la de la ciudad y donde los puentes habitados permiten simultáneamente el cruce de las arterias rápidas y la localización de actividades comerciales.

El principio moderno de la separación de flujos se reinterpreta así no como pura abstracción funcional, sino como construcción concreta de un espacio urbano transitable, articulado y capaz de acoger la complejidad de las relaciones cotidianas (Fig. 3).

Figura 3

Figura 3.   Plan de Urbanización Barrio Sur. Fuente: elaboración propria.

A esta construcción espacial corresponde una precisa organización tipológica. Las tres alturas de los edificios -los cuerpos bajos de dos niveles, el sistema en greca de once pisos y las torres de treinta y cinco niveles- definen una jerarquía que Bonet vincula figurativamente con la escala del hombre, del árbol y del cielo. No se trata solamente de una diferenciación funcional, sino de la construcción de un ritmo urbano capaz de articular percepciones y usos diversos. Los edificios bajos, denominados vaca dentro del estudio del arquitecto porque ocupan, casi “comiéndola”, el área verde dejada libre por los otros edificios, llevan la escala humana al corazón de cada unidad, tanto en términos funcionales como dimensionales y proporcionales. Allí se ubican los servicios administrativos, escolares, deportivos y comerciales. Al disponerse en contraste con el ritmo general definido por torres y redents, estos edificios sustraen el plan de la rígida abstracción formal y multiplican las cualidades relacionales e identitarias de los espacios abiertos. Los redents en greca construyen, en cambio, la continuidad residencial del borde interno de los sectores, mientras que las torres introducen una escala territorial y paisajística más amplia. A través de esta composición por diferencias, el plan construye una ciudad figurativamente reconocible, en la cual la densidad no produce uniformidad, sino variedad espacial.

La centralidad de la vida colectiva constituye otro aspecto decisivo del proyecto y sitúa la reflexión de Bonet en continuidad con el debate de posguerra sobre el corazón de la ciudad y la humanización de la vida urbana (Sert, 1952). En el centro de cada sector se ubica un gran espacio abierto polifuncional, no reducible a un simple parque, al cual se asocian áreas cívicas escalonadas, equipamientos públicos, escuelas, centros deportivos y espacios administrativos. Las actividades comerciales se localizan tanto en los espacios internos de los barrios como a lo largo de los principales ejes de atravesamiento, configurando una red continua que sirve no solo a las unidades individuales, sino a toda la ciudad. En este equilibrio entre autonomía y relación, el Barrio Sur se define como una ciudad de barrios interconectados, en los cuales la circulación es al mismo tiempo infraestructural, social, económica y simbólica.

Es en este sentido que Bonet podrá describir el Barrio Sur como “uno de los aportes más importantes” realizados al urbanismo rioplatense: en él reconocía la integración entre la separación del tránsito peatonal y de los vehículos, la consolidación de la unidad urbana, la presencia de espacios cívicos y culturales, la íntima relación con la ciudad existente y la conservación del orden del damero colonial (Bonet, 1975).

En este plan, el arquitecto reconoce la posibilidad de sintetizar los principios del urbanismo de la Carta de Atenas con una reflexión más atenta a la ciudad tradicional y a la escala humana. La diferenciación de las vías de circulación, la separación de flujos, la consolidación de la unidad urbana, la introducción de espacios para la vida cívica y cultural, la variedad de los espacios abiertos y el mantenimiento del orden del damero colonial no aparecen como elementos yuxtapuestos, sino como partes de un único dispositivo de traducción. La supermanzana del Barrio Sur no es, por lo tanto, solo un múltiplo dimensional de la manzana, sino una forma de mediación entre dos órdenes urbanos: el histórico, fundado en la continuidad de la grilla, y el metropolitano, marcado por la velocidad, la densidad y la complejidad funcional. Precisamente por ello, el plan constituye el punto más alto de la investigación porteña de Bonet y, al mismo tiempo, el lugar en el que se ponen a punto temas e instrumentos destinados a reaparecer, transformados, en la posterior confrontación con la ciudad mediterránea.

El regreso de Antoni Bonet a España marca el inicio de una nueva etapa de su reflexión sobre la construcción de la ciudad, en la cual los principios madurados durante la experiencia rioplatense son reelaborados dentro de un contexto urbano diferente, pero igualmente complejo. El arquitecto catalán aborda el tema de la finalización de la Barcelona moderna a través de una serie de planes situados a lo largo del litoral mediterráneo, configurando un sistema de intervenciones orientado a redefinir la relación entre la ciudad histórica, el Ensanche y el mar.

En este marco se inscriben el Plan Especial de Ordenación de Montjuïc, el Plan de el Prat del Llobregat y el posterior Plan de la Ribera, que conjuntamente apuntan a redibujar todo el frente costero comprendido entre los ríos Besós y Llobregat (Álvarez y Roig, 1996). Estas propuestas se enfrentan a las cuestiones dejadas abiertas por el Plan Cerdà y agravadas por el rápido desarrollo urbano de la segunda posguerra, en particular la dificultad de establecer una continuidad morfológica y funcional entre el centro histórico, la expansión del siglo XIX y los márgenes territoriales de la ciudad (Solà-Morales, 2007).

El Plan Especial de Ordenación de Montjuïc representa, en este sentido, un momento intermedio, ya que permite a Bonet experimentar con la relación entre topografía, circulación y construcción del espacio público. La montaña es interpretada como un gran parque articulado en varios niveles, mientras que la ladera orientada hacia el mar acoge nuevas áreas residenciales en las que bloques aterrazados y torres establecen una relación directa con el paisaje mediterráneo. Más que constituir un precedente formal directo, el Plan del Montjuïc permite a Bonet verificar temas que encontrarán en el Plan de la Ribera una formulación más acabada. En el Plan de la Ribera, la reflexión sobre la nueva unidad urbana ya no se mide con el damero colonial, sino con la grilla del Ensanche; no con el reequilibrio de un barrio central degradado, sino con la reconversión de un frente industrial que separaba la ciudad del mar. La supermanzana se convierte así en el dispositivo a través del cual Bonet intenta establecer una continuidad entre la estructura de Cerdà, los núcleos urbanos periféricos, el territorio circundante y el Mediterráneo (Fig. 4).

Figura 4

Figura 4.   La Barcelona de Antoni Bonet Castellana. Fuente: elaboración propia.

El Plan de Ordenación de la Ribera de Barcelona, desarrollado por Antoni Bonet a partir de 1964, representa uno de los momentos más significativos de su reflexión sobre la transformación de la ciudad existente. Ya en 1958, en una carta dirigida al director de la revista Cuadernos de Arquitectura, el arquitecto catalán había identificado en el Plan Cerdà la referencia fundamental en torno a la cual construir un programa de renovación urbana capaz de responder a las exigencias de la Barcelona contemporánea (Bonet, 1958). El proyecto del Plan de la Ribera constituye la verificación concreta de estas premisas teóricas y se propone resolver las tensiones generadas por el crecimiento urbano, en particular en la relación entre la Ciutat Vella, el Ensanche y los pueblos periféricos, hoy barrios, además de la relación entre la ciudad y el mar.

La intervención abarca un área costera de aproximadamente 300 hectáreas, extendida a lo largo de seis kilómetros desde la Barceloneta hasta el estuario del río Besós, ocupada por complejos industriales e infraestructuras ferroviarias que habían transformado progresivamente este sector en una barrera física y funcional entre la ciudad y el Mediterráneo. Promovido por la entidad privada La Ribera S.A., constituida por las empresas propietarias de los terrenos y por la RENFE, el plan asume, sin embargo, un claro carácter público por sus dimensiones, su localización y su papel estratégico en la redefinición de todo el frente urbano (Bonet, 1966).

Bonet identifica con precisión los límites de la intervención con el fin de obtener un sistema completamente abierto hacia el mar: al sudoeste, el puerto y el Parque de la Ciutadella; al noreste, el río Besós; mientras que el borde noroccidental coincide con la calle Enna, línea de contacto con el Ensanche. En este tramo de la ciudad, marcado por manzanas industriales de dimensiones superiores a la manzana de Cerdà y por submanzanas generadas por edificaciones precarias, la estructura urbana aparece progresivamente disuelta. Al mismo tiempo, emergen algunos elementos urbanos fundamentales -como el Paseo de Colón, el Parque de la Ciutadella, el Paseo Marítimo y el sistema Gran Via-Diagonal- que constituyen las referencias estructurales a través de las cuales el nuevo plan puede establecer relaciones formales y funcionales con la ciudad consolidada.

Sobre esta base se define la unidad urbana de la supermanzana, de aproximadamente 500 metros de lado, múltiplo de la manzana del siglo XIX y orientada según la misma grilla. La memoria del plan formula explícitamente este pasaje: “Se pasa así de la manzana (elemento urbanístico base del Plan Cerdà) a la supermanzana (elemento urbanístico base del Plan de la Ribera)”, a la cual se atribuye “un ancho múltiplo del de la manzana del Plan Cerdà” (Bonet, 1966). Esta elección permite establecer una continuidad directa entre el sistema del Plan Cerdà y el nuevo trazado, evitando una ruptura compositiva y privilegiando, en cambio, una lógica de integración con la ciudad real. Cada supermanzana ocupa transversalmente toda la profundidad disponible entre la calle Enna y el mar y se organiza a partir de una plataforma artificial situada seis metros por encima del nivel de la calle, que garantiza la separación total entre circulación peatonal y vehicular (Fig. 5).

Figura 5

Figura 5.   Plan de Urbanización Barrio Sur. Fuente: elaboración propia.

La relación con el Barrio Sur es evidente, pero no puede entenderse como una simple transferencia de una solución ya elaborada en Buenos Aires. En ambos casos, la supermanzana nace del encuentro con una grilla histórica y de la necesidad de adaptarla a las condiciones de la metrópolis contemporánea; sin embargo, mientras que en el caso porteño opera como instrumento de reequilibrio de un sector central degradado, en la Ribera se convierte en el medio a través del cual reconstruir la relación interrumpida entre el Ensanche y el Mediterráneo. Es en esta diferencia donde se esclarece el carácter propiamente traductivo de la supermanzana bonetiana. El dispositivo no se replica, sino que se reformula. Su coherencia no reside en una forma cerrada, sino en la capacidad de articular, en cada caso, continuidad del trazado, separación de flujos, conexión y apertura al paisaje urbano y natural.

Sobre este nivel se desarrolla un sistema continuo de plazas, calles y recorridos comerciales que recupera la escala y la identidad de las ciudades mediterráneas. Dentro de cada sector, la plataforma se abre en un parque central, lugar de concentración de los servicios comunitarios y dispositivo de atracción centrípeta, mientras que las actividades económicas y los puentes habitados garantizan la conexión entre las distintas unidades, evitando el aislamiento de los barrios individuales.

La propuesta reorganiza además los principales elementos territoriales: el Parque de la Ciutadella se prolonga hasta el mar, el Paseo Marítimo asume el carácter de avenida de tránsito lento, mientras que la autopista y el ferrocarril se ubican a lo largo de la calle Enna, liberando el suelo para usos peatonales y espacios verdes. También las tipologías edilicias contribuyen a la complejidad del dispositivo: el sistema en greca construye continuidad entre plazas y mar, los edificios piramidales aseguran asoleamiento y vistas hacia el Mediterráneo, mientras que las torres señalan la relación entre barrio, paisaje interior y ciudad consolidada.

La prolongación de la Diagonal hasta el río Besós constituye el gesto urbano conclusivo del plan, permitiendo que la gran arteria asuma plenamente el papel de eje de atravesamiento y transformando la Plaça de les Glòries en el nuevo centro de la Barcelona futura (Bonet, 1966). En este sentido, el Plan de la Ribera no representa solamente un proyecto de reconversión, sino una verificación crítica de la posibilidad de construir una ciudad moderna a partir de la continuidad de su trazado histórico.

La comparación entre Barrio Sur y Ribera permite precisar el significado de la supermanzana en la obra urbanística de Bonet y, al mismo tiempo, distinguirla de los precedentes más directamente vinculados con el repertorio lecorbusieriano. En los planes de Le Corbusier para Barcelona y Buenos Aires, la transformación de la manzana tradicional en supermanzana respondía principalmente a la adecuación de la ciudad a las nuevas velocidades de la circulación automotor y podía extenderse idealmente al conjunto del organismo urbano (Le Corbusier, 1930; GATEPAC, 1933). En los planes de Bonet, en cambio, la nueva unidad no se presenta como un esquema generalizable, sino como un dispositivo situado, construido en relación con partes específicas de la ciudad existente. No coincide con una simple unidad de tráfico, ni con una gran manzana autosuficiente, ni con la pura aplicación de un esquema funcionalista. Su especificidad reside, más bien, en la capacidad de transformar una estructura urbana preexistente sin interrumpir su lógica profunda. Tanto en el damero porteño como en el Ensanche barcelonés, Bonet reconoce en la manzana un dispositivo histórico de orden, medida y repetición; al mismo tiempo, identifica su insuficiencia frente a las nuevas condiciones de la ciudad metropolitana.

La supermanzana nace de esta doble conciencia. Por un lado, conserva la orientación, la regularidad y la capacidad ordenadora de las grillas históricas; por el otro, introduce una nueva escala de funcionamiento, capaz de separar los flujos, concentrar los servicios, construir centralidades cívicas y restituir continuidad al espacio peatonal. En este pasaje, el proyecto moderno no se impone sobre la ciudad existente como forma autónoma, sino que se inscribe en ella a través de un proceso de adaptación.

La diferencia respecto de los modelos más abstractos del urbanismo moderno es, por lo tanto, sustancial. En este sentido, la investigación de Bonet puede leerse también como una respuesta interna a los límites del urbanismo funcionalista. Como ha observado Bohigas, el exceso taxonómico de la ciudad moderna, al separar rígidamente funciones y formas, termina por negar las interferencias entre los elementos urbanos y por debilitar la identidad del espacio público (Bohigas, 1985).

En los planes de Bonet, la supermanzana no tiende a sustituir el conjunto del organismo urbano, sino que interviene sobre partes específicas de la ciudad, reconociendo condiciones morfológicas, topográficas y sociales determinadas. Es, al mismo tiempo, módulo y fragmento, figura ordenadora y dispositivo relacional, unidad de composición e instrumento de mediación. Por ello puede ser leída como una forma de traducción urbana: no transfiere un modelo de un contexto a otro, sino que hace posible su reformulación crítica (Fig. 6).

Figura 6

Figura 6.   Las supermanzanas de Antoni Bonet Castellana. Plan de Urbanización Barrio Sur y Plan de Ordinación de la Ribera. Fuente: elaboración propia.

El itinerario proyectual de Antoni Bonet Castellana entre Buenos Aires y Barcelona permite leer la construcción de la ciudad moderna como un proceso fundado en la circulación, traducción, reinterpretación y transformación de modelos urbanos. En ambas metrópolis, el arquitecto catalán se enfrenta con trazados ortogonales dotados de una fuerte capacidad ordenadora, el damero colonial y el Plan Cerdà, que, aun atravesados por profundas crisis vinculadas con el crecimiento acelerado del siglo XX, continúan constituyendo el soporte físico y cultural sobre el cual injertar nuevas estrategias proyectuales (Bohigas, 1976).

El pasaje de la manzana a la supermanzana representa el núcleo de esta investigación. En el Barrio Sur de Buenos Aires, permite reinterpretar el damero como estructura capaz de sostener una operación de reequilibrio urbano; en el Plan de la Ribera de Barcelona, permite en cambio prolongar la lógica del Ensanche hacia el mar, construyendo el nuevo frente urbano sobre el Mediterráneo. En ambos casos, la nueva unidad urbana no actúa como forma autónoma, sino como dispositivo capaz de articular residencia, circulación, espacio público, centralidades colectivas y continuidad morfológica.

Desde esta perspectiva, Buenos Aires y Barcelona no representan solamente los lugares en los que Bonet trabajó, sino los polos de un único campo teórico y proyectual. A través de la confrontación con sus grillas urbanas, el arquitecto construye una idea propia de ciudad, fundada en la posibilidad de reinventar los modelos históricos como instrumentos para gobernar el crecimiento contemporáneo. La supermanzana se convierte así no solo en una solución compositiva, sino en el signo de una posición cultural más amplia: la de un urbanismo entendido como práctica de traducción, capaz de transformar la memoria de la ciudad en instrumento de proyecto para su futuro.

El aporte de la obra de Bonet no consiste, por lo tanto, en haber transferido mecánicamente los principios de la ciudad moderna de una orilla a la otra del Atlántico, sino en haber mostrado cómo tales principios podían ser modificados, seleccionados y traducidos dentro de contextos urbanos diferentes. La ciudad moderna no aparece, en esta lectura, como un organismo completamente nuevo, sino como el resultado de una transformación crítica de las estructuras existentes. No sistemas a aplicar, sino instrumentos a reinterpretar; no modelos a reproducir, sino dispositivos a traducir.