Guillermo Jajamovich. ¿Cómo se vincula tu trayectoria educativa entre Argentina y Estados Unidos con las perspectivas comparativas y transnacionales que recorren tus trabajos?

Leandro Benmergui. Me formé en Argentina en una carrera muy sólida como la de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Como suele ocurrir en muchas tradiciones académicas nacionales, la historia estaba fuertemente organizada en torno a la nación: era el marco desde el cual se pensaban tanto el pasado como los problemas históricos. Cuando me fui a Estados Unidos a hacer el doctorado, comencé a formarme como historiador latinoamericanista, y eso implicó un cambio importante. Pensar América Latina como región te obliga a comparar y a poner en diálogo distintas experiencias nacionales. La nación sigue estando ahí, por supuesto, pero la escala regional permite ver esos procesos en simultáneo y escapar, al menos en parte, a miradas más excepcionalistas.

Esa experiencia fue intelectualmente muy rica y, en cierto sentido, liberadora porque me habilitó a pensar lo local y lo nacional como formaciones que se constituyen más allá de las fronteras, en clave transnacional. Eso te lleva a prestar más atención a las conexiones, las circulaciones, las interacciones. Y, lejos de restarle importancia a lo nacional, en realidad te permite entenderlo mejor, porque amplía la mirada y abre nuevas preguntas.

Florencia Brizuela. ¿Por qué te interesaste en investigar circuitos transnacionales de conocimiento y elaboración de políticas durante la segunda posguerra en torno a la urbanización y a la cuestión de la vivienda?

L.B. Fue la convergencia de varios factores. En primer lugar, mi formación doctoral coincidió con un momento de renovación en la historiografía latinoamericanista en Estados Unidos, a mediados de los 2000, fuertemente marcado por el giro cultural. Mis mentores en la Universidad de Maryland, especialmente Barbara Weinstein y Mary Kay Vaughan, provenían de un paradigma más materialista y estructuralista, propio de los años 1970. Sin embargo, para comienzos de los 2000 ya habían atravesado el giro lingüístico, incorporando con mayor fuerza la historia subalterna y la historia cultural. Había entonces un énfasis marcado en el estudio de las culturas políticas populares y en la pregunta por la formación de los estados nacionales, con particular atención a la producción de sentidos, identidades y negociaciones simbólicas, así como a una reconsideración del poder, la cultura y las formas de resistencia. Esto abría el camino para pensar la producción de discursos, representaciones e ideas en clave racializada y de género -además del peso de la clase, desde luego-. En ese contexto, las fuentes tradicionales podían ser reproblematizadas, al tiempo que se incorporaban otras nuevas.

Este giro culturalista fue particularmente influyente en el campo de los estudios sobre las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, y para mí fue clave para empezar a pensar la cuestión de la ciudad y la vivienda en la segunda posguerra. Uno de los libros que más me marcó en ese momento fue Close Encounters of Empire, editado por Gilbert Joseph, Ricardo Salvatore y Catherine LeGrand (1998). En su introducción, Joseph propone repensar la hegemonía y el imperialismo (es decir, cómo se producen concretamente las relaciones asimétricas de poder) alejándose de las lecturas más tradicionales de centro-periferia y del dependentismo.

Ahí aparece la noción de zonas de contacto, que Joseph toma de Mary Louise Pratt, para pensar esos espacios históricos concretos de encuentro donde actores situados en posiciones desiguales de poder negocian, apropian selectivamente, toman prestado, resignifican y también resisten discursos, símbolos e ideologías. Esa forma de pensar los procesos históricos, más situada y atenta a las interacciones y a lo impredecible, me resultó muy productiva. La misma perspectiva reaparece en In from the Cold: Latin America’s New Encounter with the Cold War (2007), editado también por Gil Joseph y por Daniela Spenser, ya enfocado en la Guerra Fría. Y es justamente en ese momento, que empiezo a definir mi tema de investigación: los programas de vivienda y reforma urbana en América Latina, con foco en Río de Janeiro y Buenos Aires, durante la Alianza para el Progreso.

El segundo factor tiene que ver con la formulación de mi objeto de estudio al comenzar el doctorado. Durante mis primeras investigaciones en Brasil me interesé por la existencia de una serie de conjuntos habitacionales construidos en la primera mitad de la década de 1960 por el entonces gobernador del Estado de Guanabara, Carlos Lacerda, a través de un acuerdo con la agencia norteamericana USAID, en el contexto de la Alianza para el Progreso. Estos conjuntos (Vila Aliança, Vila Kennedy, Vila Esperança y Cidade de Deus, que la película homónima hizo famosa) formaban parte de una política más amplia de renovación urbana.

Figura 1

Figura 1.   Vila Kennedy, Companhia de Habitação Popular do Estado da Guanabara. A COHAB através de números e imagens. Rio de Janeiro: COHAB, 1965. Mimeo.

Lacerda ya era un reconocido periodista y político conservador y había estado vinculado a los acontecimientos que llevaron al suicidio de Vargas en 1954. Los Estados Unidos lo tenían como un aliado en un contexto marcado por el ascenso al gobierno federal de João Goulart, de orientación pro-laborista y pro-reforma agraria. Tras el traslado de la capital a Brasilia en 1960, Río de Janeiro se convirtió en ciudad-estado (Estado de Guanabara), y Lacerda impulsó un ambicioso programa de transformación urbana que incluyó el desarrollo de infraestructura, la erradicación de favelas y la construcción de conjuntos de vivienda. En Buenos Aires no encontraba un equivalente directo en términos comparativos más tradicionales. Sin embargo, la reforma urbana, la planificación urbana y regional, y la vivienda de bajo costo formaban parte de una problemática compartida. El desarrollo del Parque Almirante Brown y, en particular, el préstamo del BID para la construcción de Villa Lugano 1 y 2, así como del Barrio Ciudad General Belgrano en el partido de La Matanza, se inscribían en un mismo lenguaje y en procesos de circulación de capitales y saberes técnicos vinculados a la Alianza para el Progreso.

Figura 2

Figura 2.   Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Solicitud de préstamo al Banco Interamericano de Desarrollo. Buenos Aires: Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1965.

Fue en ese punto donde la comparación empezó a mostrar sus límites y se volvió necesario pensar estos procesos como parte de circuitos transnacionales más amplios. Más que casos paralelos, estos proyectos podían entenderse como espacios de encuentro, verdaderas zonas de contacto, donde actores locales e internacionales, situados en posiciones desiguales de poder, negociaban, adaptaban y disputaban modelos de urbanización, vivienda y desarrollo. Un contexto también definido por la circulación de préstamos, capitales, ideas sobre la ciudad y la vivienda, saberes expertos, debates sobre técnicas constructivas, y concepciones acerca del pobre urbano, la propiedad y el crédito.

Finalmente, un tercer elemento decisivo fue el acceso a archivos. La Universidad de Maryland está ubicada junto a los National Archives II, donde encontré materiales fundamentales producidos por USAID en Río de Janeiro, así como documentos de agencias del Estado de Guanabara que prácticamente no existen en Brasil. La cercanía con Washington D.C. facilitaba además el acceso a los archivos de la OEA, del BID y de la Biblioteca del Congreso. La cercanía con Nueva York me permitió consultar los archivos de Naciones Unidas y de la familia Rockefeller, entre otros. Una investigación transnacional de este tipo, que requiere trabajo de archivo en múltiples países, es extremadamente costosa, por lo que el acceso a becas en Estados Unidos fue un privilegio decisivo, en un contexto de fuertes asimetrías en las condiciones de financiamiento. Por eso también creo que la historia transnacional debería pensarse como un trabajo necesariamente colaborativo, incluyendo la producción colectiva de los archivos.

Un momento importante en este proceso fue el encuentro de la European Association for Urban History en Lyon en 2008, donde coincidí con un grupo de colegas que también estaban trabajando sobre estas cuestiones de circulación. Entre ellos había otros historiadores dedicados a la circulación en las políticas urbanas como Nicolas Kenny, Clément Orilliard, Ellen Shoskes y Nathan Connolly. Ese intercambio dio lugar a un número especial de Urban History sobre “Transnational Urbanism in the Americas” (2009), editado por Philip Ethington y Michele Degenais donde publiqué una primera versión de este trabajo entre Río de Janeiro y Buenos Aires que utilizaba la perspectiva transnacional, y anclaba en el concepto de zonas de contacto.

G.J. ¿En qué sentido encontraste el concepto de zona de contacto como una noción alternativa o productiva a la variedad de conceptos en danza para abordajes similares? Dicho concepto, ¿orientó la elección de métodos o técnicas específicas de indagación? ¿En qué sentido?

L.B. Para mí, el concepto de zona de contacto fue particularmente útil porque permitía desplazar una lectura más estructural -o del dependentismo clásico- sin por eso negar las relaciones de poder. Lo que hacía era volverlas visibles en su producción concreta: en los encuentros, las negociaciones y las mediaciones entre actores situados en posiciones desiguales. Eso me permitió observar con más precisión cómo se construyen esas relaciones de poder en la práctica, a partir de interacciones específicas.

Por ejemplo, en el análisis que hago de un proyecto en el que la empresa constructora del conglomerado Rockefeller negocia con Alsogaray o Roberto Alemann cuando eran ministros de Economía durante el gobierno de Frondizi, para un proyecto de vivienda para sectores medios-bajos en La Matanza a principios de los 60. Lo que aparece no es una lógica de imposición unilateral, sino un campo de negociaciones, adaptaciones y tensiones. Tal es así que, a pesar de la cantidad de horas y energías invertidas en el desarrollo del programa, negociaciones con altas autoridades en Argentina y en Washington, así como al interior del grupo accionario, el plan termina fracasando. En ese sentido, el concepto me resultó especialmente productivo para historizar la modernización y el desarrollismo como procesos más indeterminados y contingentes de lo que sugerían lecturas más estructurales, como la de Oscar Yujnovsky (1984). Permite recuperar, desde una escala más microhistórica, las texturas y tensiones de estos procesos sin por ello desdibujar su señalamiento sobre la centralidad del capital externo y su articulación con el capital local en el campo de la vivienda.

Esa mirada tuvo sus implicaciones conceptuales y metodológicas. Por un lado, me llevó a releer fuentes tradicionales -informes técnicos, documentos de organismos internacionales, correspondencia institucional- no solo como registros, sino como espacios de producción de conocimiento especializado. En particular, me interesó la construcción del lenguaje tecnocrático: toda esa batería de tablas, estadísticas, indicadores que son producidos en esas décadas con la obsesión por la estandarización y la comparabilidad que buscaban hacer inteligible una realidad muy diversa en cada región. Ahí empiezan a aparecer preguntas sobre cómo se construyen esos datos, cómo circulan y qué efectos tienen en la formulación de políticas.

Por otro lado, el concepto me permitió repensar la comparación. Más que contrastar casos como Río de Janeiro y Buenos Aires en términos de variables puntuales, se trataba de analizar horizontes discursivos compartidos, como el lenguaje del desarrollo o los circuitos de capital y saberes de la Alianza para el Progreso, que se materializan de manera diferenciada en contextos locales ciertamente disímiles.

En ese sentido, la noción de zona de contacto no solo fue productiva en términos analíticos, sino que también orientó una forma de trabajar con las fuentes y de construir el objeto de estudio, poniendo el foco en las mediaciones, las circulaciones y las formas concretas en que se producen y se disputan los proyectos de desarrollo.

G.J. La variedad de actores que consideras en tu trabajo, ¿supone ir más allá del tipo de expertos usualmente considerados en las historias del urbanismo y la arquitectura?

L.B. Yo creo que sí. Probablemente, tenga que ver con que llego a estas cuestiones desde mi formación en historia social y cultural (más que desde la arquitectura o la planificación) y que me permitió abrir el abanico de actores más allá de los tradicionales. Desde luego, trabajo con arquitectos, ingenieros, técnicos estatales, funcionarios públicos y organismos internacionales. Pero también me interesan los actores del capital privado en su vínculo con el Estado, como la red de los Rockefeller a través de IBEC-Housing u otras empresas constructoras norteamericanas y el sindicalismo norteamericano de la AFL-CIO.

A esto se suman los científicos sociales -sociólogos, economistas, antropólogos- que participaron en la elaboración de diagnósticos sobre pobreza urbana, informalidad y desarrollo comunitario. Y, de manera central, las trabajadoras sociales, que son en su gran mayoría mujeres, especialmente en el marco de los programas de desarrollo comunitario de la Alianza para el Progreso. Por supuesto, también los propios residentes y sus organizaciones: en Río de Janeiro, por ejemplo, los curas tercermundistas fueron clave en la organización local y en la articulación de demandas hacia el Estado.

Pensar este entramado desde la noción de zona de contacto, en el contexto de la Alianza para el Progreso y la Guerra Fría, permite observar cómo se producen las dinámicas de poder en el terreno. En ese sentido, resulta fundamental atender al encuentro de un amplio cuerpo de técnicos y expertos, lo que podría pensarse como una suerte de diplomacia de estos expertos de rango medio, provenientes de distintos países. Estos actores generan tensiones y fricciones, pero también negocian, en parte porque comparten lenguajes técnicos, trayectorias profesionales e intereses institucionales.

Figura 3

Figura 3.   Foto de niños esperando por Kennedy, Cecil Stoughton. Fuente: White House Photographs. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

Esto me llevó a pensar la circulación no sólo como movimiento de ideas, sino como una práctica situada, que se materializa en encuentros concretos y se sostiene en redes profesionales, relaciones personales y espacios institucionales donde el conocimiento se produce y se transforma. En ese marco, me interesó particularmente observar cómo estos procesos contribuyen a la propia construcción del lugar del experto. Es decir, los expertos no aparecen como figuras ya dadas que simplemente se desplazan, sino que su autoridad se produce en el mismo proceso de interacción entre agencias internacionales, estados, instituciones locales y poblaciones destinatarias. La circulación de saberes implica también la producción de legitimidades, credenciales y formas de legitimación y de autoridad. Es decir, la formación del rule of experts.

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Figura 4.   Panadería Illinois, Acuerdo USAID-COHAB, Vila Aliança, Rio de Janeiro. Fuente: COHAB, Relatório Geral, 1963-1965, Box 25, RG 286, National Archives, College Park.

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Figura 5.   Vila Aliança, Rio de Janeiro. Fuente: COHAB, Relatório Geral, 1963-1965, Box 25, RG 286, National Archives, College Park.

F.B. Has afirmado que las políticas de desarrollo impulsadas por capitales transnacionales generaron no solo circulación de saberes, tecnologías y modelos, sino también fricciones, desacuerdos y formas locales de reapropiación. ¿Podrías explicar las implicancias de tal afirmación en términos teóricos y metodológicos?

L.B. Sí, como les contaba antes a partir del ejemplo de Alsogaray y los Rockefeller, el punto es justamente evitar pensar estos procesos como transferencias Norte-Sur lineales desde un centro hacia una periferia. Lo que aparece, en cambio, son dinámicas atravesadas por tensiones, mediaciones y negociaciones que muchas veces desbordan los objetivos iniciales de los propios proyectos. El ejemplo que mencionaba es ilustrativo en ese sentido: el proyecto impulsado por capitales vinculados a los Rockefeller en La Matanza a comienzos de los años 60 termina fracasando. Sin embargo, ese no es el final de la historia. Hacia comienzos de los años 70, en esos mismos terrenos, ya en el marco de la operatoria de Villa Lugano 1 y 2 y la construcción de Ciudad General Belgrano, se producen tomas de las unidades disponibles por parte de sectores populares. El primer número de El Descamisado, el órgano de Montoneros, lo utiliza justamente para denunciar los vínculos entre la dictadura, el capital internacional y el problema de vivienda.

Lo que trato de mostrar es que los procesos de modernización y desarrollo no pueden entenderse únicamente como programas impuestos desde arriba, sino también como lenguajes que son apropiados, resignificados y, en ciertos momentos, repolitizados por los propios actores locales. En el contexto de la Guerra Fría, categorías como desarrollo, progreso o vivienda moderna no solo estructuraban intervenciones estatales o internacionales, sino que también ofrecían un repertorio desde el cual los sectores populares podían formular sus propias demandas -por ejemplo, el acceso a una vivienda digna- y disputar los términos en los que esas políticas eran implementadas.

Figura 6

Figura 6.   Memorándum de Álvaro Alsogaray, ex ministro de Economía de Argentina, a Douglas Dillon, septiembre de 1961. Fuente: entrada 3167, documentos relacionados con Argentina, caja 3, RG 59, National Archives, College Park.

En ese sentido, más que un proceso lineal de transferencia, lo que vemos es un campo dinámico en el que los proyectos se transforman, se reconfiguran e incluso se invierten en función de las tensiones sociales y políticas que los atraviesan.

Si uno lo compara con lecturas más estructurales -como la de Yujnovsky-, que señalan la creciente articulación entre capital internacional y capital local en el sector de la construcción durante los años 60, estas microhistorias permiten ver un proceso mucho más frágil, incierto e indeterminado. La lógica del capital sigue estando presente, pero se despliega a través de una trama de actores -estatales, privados e internacionales- cuyas interacciones no son lineales ni previsibles.

Dinámicas similares pueden observarse en Brasil, en programas de vivienda y desarrollo comunitario impulsados durante la Alianza para el Progreso. Un caso particularmente ilustrativo es el Programa Brasil-Estados Unidos de Desarrollo y Organización de la Comunidad (BEMDOC), que tuvo lugar entre 1964 y 1966. Allí, técnicos internacionales y actores locales negociaban de manera constante la implementación de políticas en contextos marcados por fuertes tensiones institucionales y sociales.

Las condiciones locales (los liderazgos políticos, el rol de la Iglesia en las favelas, las disputas entre agencias estatales e incluso al interior de ellas) incidían directamente en el desarrollo del programa, generando reinterpretaciones continuas de sus objetivos originales. En muchos casos, las iniciativas se transformaban significativamente o directamente fracasaban. Este caso resulta particularmente interesante porque permite observar no solo las adaptaciones locales, sino también los circuitos de retorno. El director norteamericano del programa por parte de USAID, al regresar a Estados Unidos, utilizó esa experiencia (junto con las notas de campo producidas por científicos sociales) para desarrollar su tesis doctoral en la Universidad de California, Berkeley. Esto ocurre en un contexto en el que Estados Unidos comenzaba a descubrir su propia pobreza, especialmente en poblaciones afroamericanas, latinas e indígenas, y a desarrollar políticas como la Guerra contra la Pobreza durante el gobierno de Lyndon B. Johnson. En ese sentido, la circulación debe pensarse como un proceso multidireccional: no solo hay flujos de norte a sur, sino también retornos, en los que experiencias y saberes producidos en América Latina son rearticulados en otros contextos. Y desde luego que también hay que enfatizar los propios circuitos sur-sur y los propios entramados dentro de la región. Pero eso da para otra conversación.

F.B. ¿Qué estudios sobre transnacionalización, circulación de ideas, expertos/as y políticas tuviste en cuenta para analizar la transnacionalización del problema de la vivienda social y la cuestión urbana durante la segunda posguerra en América Latina?

L.B. Ya les comenté algo sobre cómo fui definiendo el objeto de estudio, pero en paralelo mi aproximación se fue nutriendo de distintas tradiciones historiográficas que no necesariamente provenían del campo específico de la historia urbana o de la arquitectura. Más bien, fueron convergiendo en una preocupación común por el desarrollo, la movilización social y la dimensión espacial de estos procesos.

Entre las lecturas tempranas, un trabajo que me impactó especialmente fue el de Anthony King sobre la historia del bungalow (King, 1995), que proponía pensar una forma arquitectónica aparentemente local como producto de procesos globales vinculados al colonialismo, las migraciones, el capitalismo y la circulación de saberes técnicos. En general, me interesaron mucho esos trabajos que permiten seguir la circulación a través de objetos, formas o ideas.

A esto se sumaron los aportes de la historia global y de la historia del desarrollo. Trabajos como los de Frederick Cooper o James Ferguson, así como estudios sobre modernización y Guerra Fría, permitieron entender la circulación de expertos, instituciones y modelos como parte de proyectos políticos más amplios. En ese sentido, libros como Rule of Experts de Timothy Mitchell (2002), Expectations of Modernity de Ferguson (1999) o Mandarins of the Future de Nils Gilman (2003) fueron referencias importantes, particularmente para pensar cómo el desarrollo opera no solo como política, sino también como lenguaje.

Con el tiempo, fui dialogando más directamente con trabajos que vinculan desarrollo, modernización y cuestión urbana. Por ejemplo, los de Amy Offner (2019) sobre el estado de bienestar y el desarrollismo, Nancy Kwak (2015) sobre la difusión global del modelo de homeownership, o Carl Nightingale (2012) sobre la historia global de la segregación urbana. También fueron importantes trabajos más recientes como los de Ijlal Muzaffar, Florian Urban, Richard Harris, Helen Gyger, Patricio del Real o Edward Murphy (2015). En esa línea, el volumen Making Cities Global, editado por Kwak y Sandoval-Strausz (2017), fue un punto de articulación clave, al igual que la compilación Itineraries of Expertise de Andra Chastain y Tim Lorek (2020) -donde, entre otros, se encuentra el trabajo del querido Mark Healey sobre el CINVA-, que abre perspectivas muy sugerentes sobre ciencia, tecnología y desarrollo en la Guerra Fría latinoamericana. Con Mark siempre estamos tratando también de expandir las redes acá en esta parte de Estados Unidos con el Taller Urbano de América Latina (TAULA).

En paralelo, el diálogo con los estudios urbanos contemporáneos, en particular a partir de la lectura de trabajos de Guillermo Jajamovich, me permitió entrar en contacto con una producción muy rica para pensar la circulación desde otras perspectivas: la movilidad de políticas, los ensamblajes urbanos, la coproducción del conocimiento y las múltiples escalas en las que operan estos procesos.

Desde luego, la producción latinoamericana ha sido fundamental. Investigaciones de Adrián Gorelik (2008), los trabajos de Lícia Valladares (2005), así como los de Jorge Francisco Liernur, Anahí Ballent, Alicia Novick o Rosa Aboy, han sido claves para pensar la relación entre modernización, arquitectura y ciudad. En Brasil, los trabajos de Rafael Soares Gonçalves, Mario Brum y Mauro Amoroso, así como los de Sarah Feldman, Fernando Atique o Maria Cristina Leme, han sido fundamentales. También han sido muy importantes los estudios más recientes sobre circulación de políticas e instituciones urbanas, como los de Ana Patricia Montoya, Nilce Aravecchia, Rodrigo de Faria, Flavia Brito, Ana Castro, así como los aportes sobre informalidad de Brodwyn Fischer, Valeria Snitcofsky o Adriana Massidda. En el ámbito de la historia de la arquitectura y el urbanismo, también han sido importantes los trabajos de Carlos Sambricio (2012) y Arturo Almandoz. Por supuesto, esta no es una lista exhaustiva -y seguramente quedan fuera autores y trabajos fundamentales por razones de espacio o de memoria-, pero sí busca dar una idea de la densidad y la diversidad de un campo en expansión.

Al mismo tiempo, algo que me parece importante subrayar es la vitalidad de los espacios colectivos de producción de conocimiento: centros de investigación, redes académicas, workshops, proyectos colaborativos. En el caso de los estudios sobre circulación, estos espacios no son simplemente contextos de discusión, sino que son parte constitutiva del propio objeto. Es en esas redes donde las ideas circulan, se transforman y adquieren nuevos sentidos. En lo personal, ha sido un privilegio poder formar parte de esos circuitos y participar de esos intercambios, que han sido fundamentales para el desarrollo de mi trabajo.

En ese sentido, más que un conjunto de influencias puntuales, lo que me interesa subrayar es la conformación de un espacio de diálogo que, en los últimos años, ha permitido repensar el desarrollismo, la planificación urbana y la vivienda desde una perspectiva que combina circulación, escalas múltiples y producción situada de saberes. Es en ese cruce -entre historia, estudios urbanos y otras ciencias sociales- donde encuentro hoy uno de los terrenos más productivos para seguir investigando.

F.B. En los últimos años la perspectiva decolonial se ha desplegado en múltiples campos. En ocasiones, se ha yuxtapuesto a trabajos sobre circulación de saberes. ¿Qué productividad y qué límites encontrás en tales perspectivas?

L.B. Me parece que lo más interesante de las perspectivas decoloniales y posdesarrollistas son, ante todo, las preguntas que introducen. Tienen una dimensión productiva muy importante porque permiten visibilizar relaciones de poder, jerarquías epistémicas y desnaturalizar categorías que durante mucho tiempo fueron tomadas como dadas. En ese sentido, contribuyen a provincializar nociones que han operado con gran fuerza en la producción de conocimiento sobre América Latina.

Llama la atención, por ejemplo, que muchos estudios sobre desarrollismo sigan reproduciendo las propias categorías, como las “etapas del desarrollo” de Rostow, sin problematizarlas. Es decir, el “atraso” continúa apareciendo como una realidad objetiva más que como una categoría histórica poderosa, que se naturalizó y se encarnó en diagnósticos, políticas públicas e intervenciones concretas. Cuestionar eso no implica negar la desigualdad, sino justamente historicizar cómo esa desigualdad fue pensada, nombrada y gobernada.

Ahora bien, al mismo tiempo, me parece importante recuperar una advertencia que hace Barbara Weinstein (2015) en Developing Inequality: el giro cultural y las críticas al desarrollo han sido fundamentales para desnaturalizar estas categorías, pero corren el riesgo de desplazar la pregunta por las desigualdades materiales mismas. Es decir, podemos llegar a tener herramientas muy sofisticadas para analizar los discursos sobre pobreza, atraso o modernidad, pero hay que volver a articularlo fuerte a la preocupación por la economía política de la producción de la desigualdad en Latinoamérica. La desigualdad y la pobreza son muy reales y requieren políticas concretas. Creo que es necesario sostener ciertas preguntas sobre el rol del Estado, la sociedad civil y las políticas públicas en contextos latinoamericanos donde las desigualdades son brutales. Es decir, incluso si pensamos en horizontes emancipatorios, sigue siendo imprescindible preguntarse qué formas de intervención son posibles y necesarias en el presente.

En mi caso, lo que me interesa es justamente trabajar en ese punto de tensión. Es decir, tomar en serio las críticas decoloniales y posdesarrollistas, pero llevarlas al terreno de la investigación histórica concreta. Cuando uno hace ese ejercicio, y en esto vuelvo a la idea de zonas de contacto, lo que aparece no es simplemente una lógica de imposición, sino procesos más complejos. Por eso, más que adoptar estas perspectivas como marcos explicativos cerrados, me interesa pensarlas como conjuntos de preguntas que permiten analizar cómo circulan los saberes y cómo se producen procesos de coproducción en contextos históricos situados.

También es cierto que estas corrientes no están exentas de tensiones. He visto que recientemente resurgió un debate a partir de la afirmación de que la perspectiva decolonial era una forma de imperialismo académico desde el norte global. No estoy seguro de que ese planteo sea del todo productivo en esos términos. Hubo discusiones similares en torno al multiculturalismo, los estudios de género o las cuestiones raciales, que en su momento también fueron leídas por algunos sectores como agendas externas. Personalmente no comparto esa crítica de manera absoluta, aunque sí creo que en algunos casos pueden producirse formas de reificación de identidades que luego complejizan la construcción de proyectos políticos más amplios. Las sociedades latinoamericanas continúan enfrentando problemas estructurales de desigualdad, ciudadanía y desarrollo, y eso exige mantener un diálogo constante entre perspectivas críticas y análisis históricos empíricos. Por eso, más que ofrecer respuestas cerradas, el mayor aporte de estas corrientes reside -a mi entender- en las preguntas que habilitan.

G.J. En relación al presente de nuestra región hemos observado que en tus últimos trabajos has abordado períodos más recientes. Podrías esbozar diferencias con los períodos previos que has trabajado a propósito de cómo circuló y como circula actualmente el conocimiento sobre lo urbano y su administración, planificación, gestión. ¿Qué desafíos tiene para un historiador acercarse al presente?

L.B. No estoy seguro de haber trabajado realmente períodos recientes en un sentido historiográfico estricto. Como historiador, me cuesta un poco pensar el presente inmediato con las herramientas de la disciplina, aunque sí me importa mucho intervenir con reflexiones o preguntas. Un ejemplo fue el artículo que escribimos con Rafael Soares Gonçalves sobre el urbanismo miliciano (Benmergui y Gonçalves, 2019), que surgió en un contexto muy específico. Yo estaba viviendo en Río de Janeiro en abril de 2019, en plena temporada de lluvias. Una de esas tormentas particularmente fuertes afectó gravemente a las favelas y provocó el colapso de edificios en Muzema, un territorio controlado por las milicias en la Zona Oeste. En ese mismo momento, NACLA Report on the Americas lanzó una convocatoria sobre ciudades radicales. Recuerdo haberle escrito a Gianpaolo Baiocchi proponiéndole que lo “radical” en Río, en ese contexto, no era un proyecto emancipatorio sino más bien la profundización de procesos de derechización urbana vinculados a las milicias. A esto se sumaba el impacto del asesinato de Marielle Franco y su chofer Anderson Gomes, en 2018, en un contexto en el que ella investigaba justamente a estos grupos. Lo que intentamos hacer en ese artículo fue sintetizar una serie de procesos: la producción de vivienda por parte de actores paraestatales, la circulación de imaginarios de clase media en la expansión periférica, y la articulación entre urbanización, crédito, seguridad y formas de poder profundamente violentas y corruptas. No era un trabajo empírico en sentido estricto, sino más bien una intervención conceptual que dialogaba con investigaciones existentes en sociología, antropología y estudios urbanos.

El concepto de urbanismo miliciano, en ese sentido, buscaba justamente captar una forma específica de producción del espacio urbano que no encaja fácilmente en las categorías tradicionales de planificación o informalidad. Ese artículo está circulando muchísimo y aparentemente es bastante productivo al menos en introducir esta idea. Como es lógico, el concepto requiere investigaciones empíricas más profundas. Y en esto me parece fundamental la intervención porque abre ideas que después son analizadas con mucho más cuidado y profundidad por los expertos en otras disciplinas. Y ahí aparece otro punto clave: la importancia del conocimiento situado y del trabajo interdisciplinario. Poder escribir ese artículo con Rafael, que tiene un conocimiento profundo del contexto de Río de Janeiro, fue fundamental. Para pensar el presente urbano es indispensable dialogar con antropólogos, sociólogos, trabajadores sociales y otros especialistas que trabajan directamente en esos territorios.

Por otro lado, me interesa mucho la producción contemporánea en estudios urbanos sobre circulación de modelos, ensamblajes urbanos y políticas de ciudad, por ejemplo, los trabajos sobre Medellín, Bogotá o Puerto Madero como en tu caso Guillermo, que muestran dinámicas actuales de circulación de ideas y proyectos. En ese diálogo, creo que el aporte específico del historiador consiste en introducir temporalidades más largas, reconstruir genealogías y visibilizar actores y procesos que a veces quedan fuera del análisis contemporáneo. Podemos aportar profundidad histórica a discusiones que a veces olvidan un poco estas dimensiones.

F.B. Por último, ¿qué caminos te parecen provechosos en la actualidad para los estudios sobre circulación de saberes, expertos y políticas?

L.B. Desde el punto de vista historiográfico, me parece que los estudios sobre circulación de saberes, expertos y políticas atraviesan un momento particularmente dinámico. En los últimos años se ha producido una expansión muy significativa de investigaciones sobre modernización, desarrollismo, planificación urbana y regional, infraestructura y territorio, así como sobre las relaciones entre campo y ciudad. Más que consolidar un campo cerrado, estos trabajos están ampliando las preguntas, incorporando nuevos actores, escalas y, sobre todo, atendiendo con mayor precisión a las dimensiones materiales de estos procesos.

Uno de los caminos más prometedores consiste en desplazar la mirada más allá de los ejes tradicionales Norte-Sur. Incorporar con mayor fuerza las dinámicas Sur-Sur -y los diálogos entre América Latina, África, Medio Oriente y Asia- permite complejizar la comprensión de cómo se produce y circula el conocimiento. En lugar de pensar en una difusión unidireccional desde centros hegemónicos, lo que aparece es una trama mucho más densa de intercambios, adaptaciones y resignificaciones.

En esa misma línea, me parece clave prestar mayor atención a las tecnologías y a los dispositivos materiales como vectores de circulación. Técnicas constructivas, sistemas de planificación, infraestructuras o materiales de vivienda económica no solo transportan soluciones técnicas, sino que condensan formas de conocimiento, supuestos sobre la sociedad y proyectos políticos. Analizar estos objetos permite observar la circulación no sólo de ideas, sino también de prácticas y saberes incorporados en artefactos concretos.

Al mismo tiempo, creo que un desafío importante es seguir profundizando el vínculo entre los estudios históricos y los problemas contemporáneos. Cuestiones como la crisis global de la vivienda, las desigualdades urbanas, la financiarización del espacio urbano, las transformaciones ambientales o los conflictos en torno al acceso a la tierra no pueden entenderse sin reconstruir las genealogías de los modelos, instituciones y lenguajes que hoy siguen operando.

En ese sentido, más que pensar la circulación únicamente como movimiento, me interesa verla como un proceso de coproducción. Es decir, no se trata solo de cómo las ideas viajan, sino de cómo se transforman en contextos específicos, cómo se negocian entre actores desiguales y cómo producen efectos materiales concretos. Creo que ahí hay un terreno especialmente fértil para seguir trabajando.