Introducción

El presente artículo se propone analizar, por lo menos en sus líneas más generales, la emergencia, institucionalización y consolidación de la disciplina del urbanismo en Córdoba. El trabajo busca inscribirse en un área de estudios que, desde la década de 1970, viene desarrollando investigaciones que buscan alumbrar las diversas genealogías, saberes y prácticas que, en torno al problema del manejo de lo urbano, dieron nacimiento a un nuevo campo de saber: el urbanismo o sus distintas acepciones equivalentes en los diversos marcos nacionales (Sutcliffe, 1981). Así, estos trabajos se han enfocado en historizar el surgimiento, consolidación y transformación de esta nueva área del saber en la que convergieron distintas conocimientos, prácticas y tradiciones, alejándose de las narraciones canónicas y teleológicas realizadas desde la historiografía de la arquitectura tradicional (Hein, 2018). En línea con varias de esas investigaciones, Ana María Rigotti (2014, p. 2) señala que el urbanismo en Argentina tuvo un “desarrollo relativamente temprano y autónomo”, logrando entre 1928 y 1935 un cierto consenso acerca de la legitimidad y pertinencia de esta nueva disciplina. En este marco, la consolidación del urbanismo en la ciudad de Córdoba aparece como un proceso relativamente tardío con relación a otras ciudades del país -como Buenos Aires o Rosario-, en tanto estuvo relacionado con la llegada del italiano Ernesto La Padula a Córdoba en 1949. En poco tiempo, se insertó como técnico en dependencias estatales y como docente en la entonces Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). En 1954, fue designado director del equipo técnico redactor del Plan Regulador para Córdoba (PRC), en el que trabajó hasta 1958, siendo aprobado en 1962.

El objetivo del trabajo, por tanto, es reponer el conjunto de ideas, modelos y referencias que circularon en la ciudad junto a los principales personajes implicados, sin omitir los espacios institucionales (el Estado y la academia) y los marcos normativos relativos al manejo de la cuestión urbana. Con esto, también nos proponemos contribuir a saldar una vacancia historiográfica en tanto los trabajos publicados sobre el tema han tendido a centrarse en una figura o en un plan en específico, no contando aun con una narración de conjunto en torno al desarrollo del urbanismo como disciplina en Córdoba1. Si bien fue en la década de 1950 que este proceso tomó fuerza, nos interesa abordar una temporalidad más amplia, que nos permitirá contrastar dos momentos distintos en los que el uso y la circulación de ideas adquirieron características notablemente diferentes, y señalar que, en algunos casos como el de Córdoba, pueden ser factores externos los que terminaron perfilando un campo, en este caso el del urbanismo. Comenzamos en 1927 porque, con la contratación de Benito Carrasco, se confeccionó un primer plan regulador, mientras que en 1973 se aprobó el Diagnóstico tentativo y alternativas de desarrollo físico para la ciudad de Córdoba que, de alguna manera, venía a sustituir las hipótesis urbanas del PRC de La Padula. Con ello, se podría pensar en el cierre de este primer momento del urbanismo en Córdoba.

Aquí nos interesa proponer una serie de hipótesis que, a modo de mosaico, nos permitan aproximarnos a las múltiples y heterogéneas formas en las que el urbanismo circuló en la ciudad y a cómo se fueron creando los espacios y mecanismos para su institucionalización. Así, la primera hipótesis sostiene que, en un primer momento, el urbanismo no traspasó los límites del discurso -no exento de confusiones y conflictos- y de las aspiraciones de una elite, mientras que en, en una segunda instancia y producto de una serie de factores exógenos a la ciudad, logró insertarse tanto en el Estado, a través de la consolidación de un cuerpo de técnicos y la elaboración de una serie de instrumentos, cuanto en la universidad con su inclusión en los planes de estudios. La segunda hipótesis propone que la tradición de la ciudad-jardín -y sus derivaciones- tuvo, como en otras regiones del país, una presencia destacada en Córdoba, utilizada tanto por las compañías urbanizadoras para la creación de barrios parque, como por los especialistas del urbanismo -Carrasco y La Padula- para sus propuestas de planes reguladores. La tercera hipótesis plantea que, en Córdoba, al igual que sucedía en el país, en un primer momento fueron agrimensores, ingenieros, higienistas y constructores los principales impulsores del urbanismo. Estos, al tiempo que procuraban colocarlo dentro de las agendas públicas y estatales (con éxito desparejo), fueron quienes ejercieron efectivamente la práctica de la disciplina. Asimismo, el municipio fue consolidando de manera incipiente un cuerpo normativo sobre edilicia y urbanizaciones. En un segundo momento, a partir de finales de los años cuarenta, fueron los arquitectos quienes tendieron a monopolizar los saberes del urbanismo y sus debates, liderados por profesionales italianos. En este momento, aparecieron las primeras reparticiones públicas específicas, comenzó a consolidarse un cuerpo técnico estatal y el municipio tendió a complejizar su cuerpo normativo, incluido el PRC de 1962. A mediados de los años sesenta comenzó una tercera etapa, durante la cual los fundamentos de la disciplina volvieron a cuestionarse, atravesados por las ciencias sociales y tensionados por las nociones de planeamiento y región. Respecto a estos dos últimos puntos, surge una cuarta hipótesis: desde los años cincuenta, el cuerpo técnico del municipio se constituyó con profesionales que actuaban al mismo tiempo allí y en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU). A partir de mediados de la década siguiente, ese cuerpo técnico y docente comenzó un proceso de especialización disciplinar a partir de estudios de posgrado realizados en el exterior.

El trabajo está organizado en dos bloques, correspondientes a los dos periodos señalados. A su vez, al segundo lo subdividimos, por motivos analíticos, en dos momentos: 1949-1962 correspondiente al de mayor protagonismo de La Padula, y 1962-1973 que responde al viraje del urbanismo a la planificación. Por último, y para organizar un conjunto de historias que no son siempre coincidentes, cada apartado está estructurado, en la medida de lo posible, contemplando el siguiente orden: actores e instituciones específicas, los instrumentos o intervenciones que se generaron, debates y procesos en la academia. En términos metodológicos, este trabajo se inscribe en el campo de la historia intelectual, con foco en la temática de la circulación de ideas, personas y objetos (Chartier, 1996; Bourdieu, 1999), aunque, en esta ocasión nos centraremos en los contextos de recepción (Jay, 2003; Jauss, 1981). Es preciso hacer una última aclaración, el término urbanismo es ambiguo y poco preciso. En este artículo lo tomamos en términos genéricos, para intentar recuperar los sentidos nativos que le dieron los diversos agentes, en sus diferentes contextos.

Los difíciles comienzos del urbanismo en Córdoba

Para la década de 1920, Córdoba había terminado de ocupar la cuadrícula colonial, estaba consolidando los nuevos sectores que se habían incorporado, a la manera de ensanches, desde finales del siglo XIX (Boixadós, 2000) y comenzaban a aparecer nuevas unidades barriales. Este proceso estuvo caracterizado por la gestión de inversores privados, con escasa o nula intervención estatal. El sostenido crecimiento de Córdoba, además de la complejización de la estructura urbana producto de su necesario acondicionamiento a los requerimientos de la vida moderna -que incluía una presencia cada vez mayor del automóvil-, hacía más evidente la necesidad de poner cierto orden en la ciudad y de comenzar a planificar su crecimiento. Tal situación había sido advertida por Juan Kronfuss, un ingeniero húngaro que se radicó en Córdoba en 1915 para comandar la Dirección Provincial de Arquitectura, adquiriendo una posición central en el campo profesional y académico. Kronfuss (1924) señalaba que los problemas que afectaban a Córdoba (y al resto de las ciudades argentinas) se originaban fundamentalmente en la desconexión entre la ciudad y el sistema de rutas nacionales y en la rigidez de la cuadrícula indiana, lo que ocasionaba problemas de accesibilidad al núcleo urbano y complicaciones en el tránsito interno. Crítico de la importación de soluciones europeas reducidas solo a sus aspectos planimétricos -como la inserción de diagonales y la apertura de grandes ejes en el tejido colonial-, demandaba, por el contrario, conciliar el conocimiento de la evolución histórica de la ciudad con datos aportados por el relevamiento de la situación actual (flujos de tránsito, movimiento de personas, entre otros) para diseñar soluciones desde “la ingeniería, la higiene y la economía social” (1924, p. 13)2.

En este marco, en 1926 el intendente Emilio Olmos contrató al ingeniero Benito Carrasco, ya que no había en la ciudad ningún especialista en urbanismo. Carrasco, graduado como ingeniero agrónomo en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1900, había desarrollado una sólida carrera como funcionario público y proyectista independiente (Berjman, 2004). En su Plan Regulador y de Extensión para la ciudad de Córdoba (Fig. 1), partió de la aplicación de los tres principios que sostenían su teoría sobre la planificación de ciudades: vialidad, salubridad y belleza (Stang, 2023). En realidad, de la lectura del proyecto se infiere una combinación de fragmentos de teorías y modelos urbanísticos que circulaban en el país: el higienismo reformista, el park movement norteamericano, la ciudad jardín howardiana y el suburbio jardín de Raymond Unwin y Barry Parker, una incipiente noción de zonning y las propuestas esteticistas del arte urbano junto a la posible lectura de Camilo Sitte. A esta combinación de ideas, Carrasco sumó una referencia local: la valoración de los monumentos coloniales como rasgo distintivo de la ciudad y la decisión de crearles entornos adecuados a partir de normar las nuevas edificaciones (al menos en el área central). Según Stang (2023, p. 66), el Plan Regulador y de Extensión fue archivado, presumiblemente, en parte por la inestabilidad política Emilio Olmos, del Partido Demócrata, fue reelecto como intendente en 1928, pero renunció en 1929, en parte por las presiones del gobierno provincial, en manos de la Unión Cívica Radical), pero también porque excedía las capacidades técnicas y económicas del municipio. Hubo un nuevo intento de contratar a un especialista en 1937, en este caso a Carlos María Della Paolera, para una asesoría sobre un plan director que no se concretó.

Figura 1

Figura 1.   Córdoba. Plan Regulador y de Extensión estudiado por el Ing. Benito Carrasco. 1927. Redibujo gentileza de Fernando Díaz Terreno.

En los años treinta, se fue instalando en algunos círculos intelectuales, con distintos enfoques, la cuestión del urbanismo como tema cada vez más relevante. Se podría afirmar que fue el sector privado el que más enérgicamente procuró impulsar las temáticas del urbanismo y de promover su inserción en las agendas públicas y estatales. Efectivamente, la circulación de ideas vinculadas al urbanismo se produjo a través de profesionales independientes, de asociaciones de graduados y de la difusión de textos y revistas especializados (Fusco, 2025). Por caso, cabe destacar el intento de realizar el Primer Congreso de Urbanismo de Córdoba entre 1938 y 1939, impulsado principalmente por el arquitecto Jaime Roca. Graduado en 1927 en Estados Unidos era, probablemente, el arquitecto local con vínculos más aceitados con sus pares porteños, y el único que había participado del Primer Congreso Argentino de Urbanismo de 1935. Su propuesta era replicar el evento nacional a escala local y obtener, luego del debate, el ansiado plan director para Córdoba. Si bien el congreso no se realizó, del material elaborado se puede inferir una relativa desorientación acerca de cuál de las vertientes del urbanismo había que adoptar para ordenar el futuro de la ciudad. De hecho, el temario postulaba una cierta adherencia al urbanismo científico instalado por Della Paolera, al que sumaba renovadas estrategias de la zonificación y saneamiento. Sin embargo, toda acción debía subordinarse al axioma de que “Córdoba no puede cambiar su carácter propio, sea cual fuere su modernización” (Roca, 1939, p. 50). Esto mostraba una inclinación esteticista que volvía sobre la reconsideración del pasado colonial. Un tópico que, desde comienzos de siglo, las élites locales habían definido como rasgo distintivo de Córdoba y que, para los años veinte, había consolidado un campo de estudios coloniales (Agüero, 2017). Al mismo tiempo, fue la revista Las Comunas. Revista de la vida municipal (creada en 1939 por Deodoro Roca, hermano de Jaime) la que se convirtió en una de las principales tribunas del urbanismo y sus instrumentos (Fig. 2). A lo largo de los cuatro números se publicaron una serie de colaboraciones de especialistas locales y extranjeros3, en un intento por definir los alcances del urbanismo (privilegiando las tendencias científicas y funcionalistas por sobre las esteticistas), alertar sobre la innegable necesidad del plan regulador y reconocer los límites que en el ámbito local tenía su implementación por razones de financiamiento.

Figura 2

Figura 2.   Las Comunas. Revista de la vida municipal. Portada y pág. 49 del Nº 1, agosto de 1939. Biblioteca José Aricó (UNC).

Una voz relevante pero solitaria fue la del pedagogo Saúl Taborda, uno de los principales intelectuales de Córdoba. En “Córdoba o la concepción etnopolítica de la ciudad”, una conferencia dictada en 1941, expuso sus cuestionamientos al urbanismo. Allí, a pesar de reconocer los trabajos de profesionales locales y extranjeros, ponía en duda la existencia del urbanismo como disciplina, aunque le concedía el status de una “técnica” que aún no había logrado precisar su objeto. Taborda no negaba la necesidad de innovar “porque las innovaciones corresponden al ritmo del tiempo” (2011, p. 232), pero, a tono con su espíritu “facúndico” y su proyecto comunalista, demandaba al urbanismo una corrección culturalista que conjugara el espacio con el tiempo: “continuidad y contigüidad”.

El fallido congreso, los artículos de Las Comunas y la conferencia de Taborda dan cuenta de la heterogeneidad de ideas sobre el urbanismo que circulaban en Córdoba. Referentes, modelos, propuestas y proyectos que eran tomados o leídos de Buenos Aires o del exterior, sin demasiada consistencia ni coherencia, y que se mezclaban y cruzaban con consideraciones muy locales, como el valor de lo colonial como rasgo identitario.

Sin haber podido generar un marco general ordenador, el municipio gestionó el organismo urbano a través de una serie de ordenanzas que, casi exclusivamente, apuntaban a controlar distintos aspectos de la edilicia de la ciudad. El reglamento de edificación de 1932 (Ordenanza Nº 3204)4 fue duramente objetado por su carácter restrictivo, ya que condicionaba la renta del suelo urbano. Simultáneamente, el gobierno municipal recurrió a la elaboración de normas específicas para intervenciones puntuales, como la Ordenanza Nº 2950 (1927) que reglamentaba la arquitectura que configuraría los frentes del reciente eje Colón-24 de Septiembre, el Decreto Ordenanza Nº 2221 (1944) que reglaba las construcciones sobre la plaza San Martín, con el objetivo de armonizarlas con los monumentos coloniales a los que se identificaba como “expresión auténtica de nuestra arquitectura tradicional” o el proyecto de decreto-ordenanza referido a las edificaciones sobre las avenidas proyectadas junto al arroyo La Cañada5. Las últimas dos fueron redactadas por el porteño Julio. V. Otaola, designado comisionado municipal por la intervención nacional en 1943. El dato interesa porque Otaola fue el primer arquitecto en ocupar el gobierno municipal -se había graduado en 1927- y porque contaba con formación en urbanismo, al punto que su gestión en Córdoba coincidió parcialmente con su desempeño como Profesor Adjunto en la cátedra de Urbanismo de la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de la UBA (Fusco, 2025). La sistematización del arroyo La Cañada fue la obra de mayor impacto en la estructura material de la ciudad durante la década de 1940, a pesar de lo cual no se insertó en un plan general ni participaron urbanistas en su concepción, siendo los autores del proyecto, en su mayoría, ingenieros civiles (Fusco, 2020).

En los años veinte hizo su aparición el modelo del barrio-parque o suburbio-jardín que, desde la década de 1940, se consolidó como el dispositivo para urbanizar intersticios urbanos (fundamentalmente las barrancas que rodeaban al centro antiguo), pero reducido a sus aspectos puramente visuales y fuertemente marcado por un afán especulativo que el gobierno solo pudo matizar tardíamente a través de una norma relativamente laxa6. De hecho, en 1944, el municipio aprobó dos decretos-ordenanzas redactados por el propio Otaola que subrayaban la importancia del poder estatal como garante de la primacía de los intereses colectivos por sobre los de los particulares (Fusco, 2025).

El mundo académico no hizo más que reflejar la dispersión de ideas que sobre el urbanismo circulaban en Córdoba. La Escuela de Arquitectura se creó en 1924, avanzando en el proceso de diferenciación respecto de la ingeniería (Núñez, 2020, p. 33). En las sucesivas modificaciones del plan de estudio (1929, 1931), se agregaron años y materias, pero no se incluyó la enseñanza del urbanismo. Fue recién con la modificación de 1944 que se incorporó un sexto año y se agregó la materia Arquitectura Paisajista y Urbanismo, la que en 1948 cambió su denominación por Urbanismo y Planeamiento. Dichas asignaturas figuraban también en las carreras de ingeniero geógrafo y agrimensor. Hasta donde hemos podido corroborar, el primero en dictar la materia Urbanismo fue La Padula (Malecki, 2018). En 1954 se creó la FAU (Malecki, 2023), con lo cual se consolidaba la autonomía disciplinar de la arquitectura con respecto a la ingeniería y se definía que el urbanismo era incumbencia de los arquitectos.

El momento de la estabilización disciplinar

El impulso a la consolidación e institucionalización del urbanismo en Córdoba, como apuntamos, respondió, por lo menos en parte, a dos factores externos a la ciudad. Por un lado, la nueva Argentina de Juan Domingo Perón atrajo a diversos técnicos extranjeros -particularmente italianos-, como a La Padula (Liernur, 1995). Por otro lado, con su intento de reconfiguración estatal, el decenio peronista (1946-1955) fue importante en el manejo de la cuestión urbana, sobre todo a partir del segundo plan quinquenal (1953-1957), que incluía un capítulo específico respecto a la dotación de planes reguladores a las ciudades del país. Además, entre 1950 y 1955 funcionó la Dirección Municipal de Urbanismo y Arquitectura, posiblemente la primera repartición específica. En ese marco, el intendente Martín Federico creó un equipo técnico redactor para el PRC en 1954. Por lo menos entre 1954 y 1955, el PRC actuó como instancia coordinadora de diversos proyectos y dependencias municipales y provinciales. Como director del equipo fue designado La Padula (Fig. 3). Importa subrayar que el equipo técnico siguió funcionando luego del golpe de Estado de 1955, superando las disputas entre peronistas y antiperonistas. Con La Padula, ingresaron a trabajar en la municipalidad un conjunto de arquitectos recién egresados (Malecki, 2018).

Figura 3

Figura 3.   Ernesto La Padula (en el centro, sobre el tablero) y el equipo de trabajo del Plan Regulador de la Ciudad de Córdoba. Archivo del Arq. Alfredo Troilo.

El PRC se formuló en el contexto de un viraje del urbanismo y del plan regulador hacia las nociones de planificación y de plan director, lo que implicaba el paso de una visión que buscaba intervenir en la ciudad por medio del proyecto arquitectónico a otra más abstracta y racional que, a partir de un código urbano, regulaba la propiedad y el uso del suelo, las densidades y las actividades permitidas por zonas, y en el que cobraba mayor fuerza el problema del territorio y la región (Rigotti, 2012). A mitad de camino entre uno y otro, el PRC de La Padula se estructuraba sobre un diagnóstico de la ciudad y proponía una serie de líneas generales sobre el código urbano que debían desarrollarse, pero prácticamente excluía el tema de la región (Fig. 4). Sobre la imagen de una Córdoba en transformación, La Padula trabajó sobre la hipótesis de que no debía modificarse dicha dinámica, sino intervenir en ella a partir de una descentralización funcional de la ciudad, a tono con los debates anglosajones de la segunda posguerra en torno a la unidad vecinal, que se inscribía en la tradición de la ciudad jardín7. Así, el plan se proponía recuperar un crecimiento orgánico de Córdoba, a partir de generar una constelación de barrios dotados de suficiente autonomía, buscando una descentralización orgánica de la ciudad, idea tomada de Eliel Saarinen. El plan, además, recogía una serie de preocupaciones y proyectos previos, intentando articularlos. Algunos ya estaban presentes en la propuesta de 1927, como el control del río Primero y La Cañada, la actualización de la red vial y los accesos a la ciudad, la creación de una avenida de circunvalación y una zona universitaria. Las iniciativas del PRC que lograron efectivamente concretarse correspondían a su propuesta de reforma de la estructura viaria. Esto no impidió que las ideas de La Padula sirvieran como marco a partir del cual se pensaron las intervenciones en Córdoba hasta principios de los setenta (Malecki, 2018)8.

Figura 4

Figura 4.   Plan Regulador de Córdoba de Ernesto La Padula (“Desarrollo histórico de la ciudad”, “Rutas y ferrocarriles” y “Lineamientos del Plan”). Cuadernos de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de Córdoba, 1956.

Uno de los aportes más importantes de La Padula fue haber concebido al patrimonio arquitectónico como parte fundamental del proceso de modernización urbana. Esto respondía a la particular articulación italiana entre modernismo arquitectónico y conservación patrimonial en la que se había formado. Asimismo, fue el responsable de las primeras normativas sobre el tema, introduciendo la noción de entorno urbano de su profesor Gustavo Giovanonni. Probablemente La Padula haya estado atrás de algunos de los cambios normativos que se dieron en las ordenanzas de edificación y de urbanización. Respecto de la primera, se reformuló completamente en 1962, incorporando una visión más científica que la anterior, en el sentido de que establecía una taxonomía más estricta respecto a los tipos edificatorios posibles y las condiciones que estos debían cumplir. Entre otras cuestiones, introducía la noción de zonificación -aunque no era la primera en su clase-, se especificaba que cada barrio podría solicitar la creación de un distrito que se constituiría en el centro del barrio e introducía el edificio exento que, entre sus características, incluía la diferenciación del basamento y la torre. Este último punto, posiblemente haya seguido el cambio de normativa en Buenos Aires de 1957, en el que se introducía la noción de edificio de iluminación total. En cuanto a la segunda, fue modificada en 1954 y 1959. A pesar de los cambios, en todas estas ordenanzas el trazado de los nuevos barrios quedaba a cargo de los agentes urbanizadores privados. Esto contrastaba con Buenos Aires que ya en 1909, con el Plan Bouvard, había establecido la grilla general de todo el municipio.

Se puede constatar que la academia acompañó, de alguna manera, este proceso de consolidación. En tal sentido, con la diferenciación definitiva entre la arquitectura y la ingeniería (proceso que se había dado a nivel nacional), el urbanismo quedaba como competencia de los arquitectos, desplazando a otras disciplinas. Pero ahora comenzaba un lento proceso de diferenciación entre los profesionales de una y otra disciplina. En 1953 se cambió el plan de estudios y se incorporó Sociología urbana, pero no tenemos datos de que esta materia se haya efectivamente dictado. En 1956 se modificó nuevamente el plan. Se quitó Sociología urbana, pero se incorporó Urbanismo II, que comenzó a ser dictada por Lázaro Devoto, otro italiano que había llegado al país en los años cincuenta. De la lectura del manual de cátedra de La Padula, se puede apreciar que sus principales referencias remitían a los debates anglosajones, con un fuerte énfasis en la tradición de la ciudad jardín y su deriva en las unidades vecinales. El manual se dividía en tres partes: una aproximación histórica, un compendio sobre elementos constitutivos de la estructura urbana y un glosario sobre composición urbana (Malecki, 2018).

Consolidación y especialización disciplinar. Urbanismo, planeamiento y ciencias sociales

Durante la década de 1960, la municipalidad fue definiendo un área específica respecto al urbanismo, aunque ciertas ambivalencias -como los cambios en su denominación-expresaban las complejidades de la disciplina para establecerse como un saber de Estado. Por caso, en 1962 se creó el Consejo Municipal de Planificación Urbana (decreto ordenanza 540 del 7/3/62), siendo designado director el arquitecto Alfredo Schikendatz. En 1965, la fecha es tentativa9, se cambió la denominación por la de Asesoría de Planeamiento Urbano (APU), que funcionó, por lo menos, hasta 1975.

Entre 1965 y 1967, el área de urbanismo quedó a cargo de dos italianos que también habían llegado a Argentina: el mencionado Devoto y Enrico Tedeschi. Al mismo tiempo, se fue conformando un cuerpo estable de técnicos. La mayoría de ellos no solo se habían formado como arquitectos en la UNC, sino que también eran docentes de la FAU. Entre los que podemos mencionar a (sin dudas, la lista es incompleta): María Elena Foglia, Josefa Martínez, Juan Tumosa, David Malik, Sara Rosi, Carlos Gómez, José Armando Eguiguren, Hugo Antonio Gandini, Horacio Rodríguez Masjoan, José Antonio Linares y Norberto Garimano, Osvaldo Ramacciotti. A partir de la década del setenta, fue este grupo de profesionales el que ocupó los espacios municipales, elaboró las principales propuestas urbanísticas e impulsó los debates locales.

En cuanto a las iniciativas, proyectos y legislación durante este periodo, se pueden destacar varias cuestiones. Por un lado, y como consecuencia del PR, se continuaron los trabajos en torno a la estructura vial de la ciudad, entre los que podemos destacar: el comienzo de la avenida de circunvalación, la extensión de la Av. Colón, el ensanche de la Av. Chacabuco, la costanera del río Primero. Por otro lado, se desarrollaron proyectos a partir de lo preexistente: Devoto trabajó en la sustitución de los conventos de Santo Domingo y Santa Catalina, mientras que el principal aporte de Tedeschi fue la elaboración de una norma para la conservación patrimonial (Fig. 5).

Figura 5

Figura 5.   APU - Intervención en las manzanas de la Catedral, el Cabildo y el Convento de Santa Catalina. Planimetría del proyecto (Revista Summa 30, octubre 1970) y vista de la demolición del convento (Archivo Histórico de la Municipalidad de Córdoba)

Entre 1969 y 1970, en el marco de la Revolución Argentina, el arquitecto Hugo Taboada ocupó el ejecutivo municipal. Este, a su vez, puso a Ramacciotti al frente de la APU. Desde allí, y en base a la noción de diseño urbano, se procedió establecer manos únicas en las calles céntricas y se refuncionalizaron dos de las principales plazas de la ciudad (Fig. 6). Ambas iniciativas buscaban agilizar y mejorar el tráfico de la ciudad. Al mismo tiempo, se dispuso la creación de las primeras peatonales en el área central, con el objetivo de separar y diferenciar el tráfico peatonal del automotor (Malecki, 2019). Según Taboada (1969), se trataba de “crear una zona aislada peatonal, en el casco chico, que se una a la vez con el centro histórico y crear para el peatón una ‘isla’ de trabajo y de estar. Córdoba es una ciudad que tiene algo de living-room” (Fig. 7). Interesa señalar acá la superposición de temporalidades: por un lado, la priorización de la circulación del automóvil, más propio del urbanismo funcionalista de los CIAM que enfrentaba numerosas críticas para la época y, por el otro, la idea de permanencia, afecto y espacio público que habían puesto en la agenda el urbanismo del llamado Team x -una de las primeras voces críticas de aquél-.

En 1973, la APU, ahora a cargo de Foglia, realizó el Diagnóstico tentativo (Fig. 8). Este puede considerarse el momento en que las hipótesis urbanas de La Padula fueron puestas en discusión, al proponerse nuevos modelos de crecimiento urbano. Entre las cuestiones a resaltar, hay que mencionar las problemáticas de la planificación regional y la del área metropolitana. Esta última aparecía en un momento en que, efectivamente, comenzaba a generarse una conurbación con los poblados más cercanos a Córdoba. En tal sentido, el informe entendía que la planificación urbana debía reconocer las funciones que la ciudad cumplía dentro del ámbito nacional. De ahí que el análisis recayera principalmente en los flujos vehiculares de la ciudad, lo que conducía a reconocer la necesidad de delimitar una región metropolitana. Esta era definida según la accesibilidad a la ciudad, estableciendo una hora diez minutos en el transporte automotor colectivo como tiempo máximo admisible.

Figura 6

Figura 6.   Refuncionalización de la Plaza Vélez Sarsfield. Vistas de la plaza antes de la intervención y después de la remoción de la rotonda y el monumento. Archivo Histórico de la Municipalidad de Córdoba.

Figura 7

Figura 7.   “Área Peatonal de Córdoba. Análisis localizado 2º y 3ª etapa”. Revista Summa Nº 77, junio de 1977.

Por otra parte, el Diagnóstico tentativo avanzaba, entonces, con la idea de postular “ejes preferenciales de desarrollo” (APU, 1974, pp. 42-46). Esto implicaba privilegiar determinados corredores viales, sobre los que se asentarían residencias, industrias y equipamiento comunitario: “en su conjunto significa congelar el crecimiento indiscriminado en todo sentido tanto en el perímetro como en el relleno de bolsones, y ordenar el mismo en las direcciones que el análisis de la situación indique como preferenciales” (APU, 1973, p. 47). Así, se proponía priorizar cuatro ejes que tensaban la ciudad en las direcciones noroeste y sureste, que se “constituirían en columna vertebral de la estructura urbana siguiendo las tendencias espontáneas de crecimiento más definidas” (APU, 1973, p. 60).

Figura 8

Figura 8.   APU - Diagnóstico Tentativo y Alternativas de Desarrollo Físico para la Ciudad de Córdoba 1973. Portada del documento y Alternativa 2. Gentileza de Fernando Díaz Terreno.

En el ámbito académico podemos señalar una serie de cuestiones que consolidaron localmente el campo del urbanismo. En primer lugar, se puede apreciar el comienzo de un proceso de diferenciación entre la figura del arquitecto y la del urbanista, así como un intento de especialización a través de estudios de posgrado. Para esto, fueron centrales los viajes al exterior. Aunque todavía la información que tenemos es incompleta, se podría argüir que estos no marcaban una geografía definida, es decir, no se evidenciaba algún centro de referencia específico, como más tarde sería Barcelona. En segundo lugar, se observa el paso, no del todo claro, de la noción de urbanismo a la de planificación y, además, un acercamiento a las ciencias sociales. En tercer lugar, la experiencia político pedagógica del Taller Total, de la que participaron activamente la mayoría de los técnicos del municipio que también eran docentes de la FAU, muestra una relativa autonomía entre propuestas teóricas, proyectos urbanos y posicionamientos políticos. Respecto al primer punto, se puede señalar que varios de aquellos técnicos realizaron estudios de posgrado en el extranjero. Por ejemplo: Foglia en Bélgica (1962), Rosi en Londres (1969/1970), Gómez en Madrid (1972), Ramacciotti en Lima y Yale (1965). El caso de este último es particularmente relevante, en cuanto se inscribe en un momento de consolidación de una red interamericana de pensamiento urbano, facilitando la estadía y formación de posgrado en diversos centros latinoamericanos y norteamericanos, todo ello en el marco de las políticas de ayuda y financiamientos patrocinadas por los Estados Unidos como parte de su política para América Latina (Gorelik, 2014; Jajamovich, 2017). A pesar de lo antes dicho, la distinción entre las profesiones de arquitecto y de urbanista o planificador continuaron siendo difusas. En tal sentido, el caso de Foglia es revelador, en tanto su trayectoria docente comenzó en 1966 desempeñándose simultáneamente en cátedras de Historia de la arquitectura y Composición arquitectónica, para recién acceder a la titularidad de una cátedra de Urbanismo I en 1977.

Los apuntes de la cátedra de Urbanismo II, a cargo de Devoto, son un buen indicador de las referencias teóricas que circulaban en la ciudad, y dan cuenta de cierto corrimiento hacia la planificación y una aproximación a las ciencias sociales. Al respecto, sostenía que el curso se proponía ubicar a la arquitectura y al diseño “en el contexto urbano del que forman parte”, entendiendo al urbanismo “como estudio de la ciudad” y al planeamiento “como intervención comprehensiva sobre la ciudad” (Devoto, 1968, p.1). El curso se estructuraba en torno a la definición o descripción de ciertas cuestiones generales de la ciudad y su historia -“polo urbano”, “formación de la ciudad”, “conformación urbana”-, junto al desarrollo de elementos estructurantes de la ciudad -transportes, edificación, el centro, zonificación-10. Por otra parte, la bibliografía de Urbanismo II revelaba el énfasis puesto en cuestiones metodológicas que orientaba el curso hacia el campo de las ciencias sociales.

La experiencia del Taller Total (TT) supuso un intento de redefinir diferentes aspectos de la enseñanza de la arquitectura. Allí, si bien la distinción entre el urbanismo y la planificación no fue específicamente tematizada, una serie de debates remitían a otras formas de pensar la ciudad y las intervenciones en ellas. Uno de los temas centrales del TT fue la cuestión del hábitat que, a nivel internacional, habían supuesto un cruce entre arquitectura y ciencias sociales. En tal sentido, se sostenía que “la ciudad no es una simple matriz funcional sino el resultado de un juego social y cultural sumamente complejo como la sociedad que la forma, y al hablar de los niveles intraurbanos del hábitat se piensa precisamente en la dinámica de este juego que empeña motivaciones afectivas que trascienden las funciones institucionalizadas”, para agregar que “la idea de funcionalismo encuadra los hechos en relación a su cumplimiento, los considera acontecimientos finitos y transitorios […]. La idea de hábitat es radicalmente distinta, se basa en el concepto de permanencia”, para finalizar señalando que la noción de hábitat “incide profundamente en la acentuación del destino social de la arquitectura” (FAU, 1972, s/p). En este marco, una de las propuestas más radicalizadas fue la de Mario Corea, que proponía al urbanismo como “una praxis social”.

A modo de cierre

Como hemos visto, los primeros intentos de dotar de un plan regulador a la ciudad fracasaron, en parte, por la inestabilidad política del momento, pero también porque la aplicación de este superaba las capacidades técnicas y económicas del municipio, en un momento en que todavía no había comenzado el proceso de reconfiguración del Estado que se dio luego del crack económico de 1929 y de la crisis del consenso liberal. Por tanto, sin un marco estatal que pudiera impulsar un plan regulador -como en el caso de Buenos Aires- y sin un espacio académico definido -como en Rosario, donde se creó la primera cátedra de Urbanismo en 1929-, la práctica y ejercicio del urbanismo estuvo centrada en los agentes urbanizadores privados que, presumiblemente, tenían solo algunas nociones muy vagas y generales de teorías y modelos, entre las que se destaca el de barrio-parque. Esto se debía, además, a la persistencia en Córdoba de una concepción liberal del Estado que cedía a los agentes privados la gestión de los loteos y el trazado de las nuevas unidades barriales. Posiblemente todo esto contribuyera al grado de confusión que parecía haber en torno a las ideas de urbanismo.

Dos factores externos a la ciudad -el énfasis puesto por el peronismo en la planificación y la migración de profesionales italianos al país-, generaron las condiciones de posibilidad para la instalación del urbanismo en Córdoba, tanto como saber de Estado, cuanto una disciplina académica. La Padula, una figura central para ambos procesos, promovió un urbanismo con foco en la unidad vecinal que respondía a la tradición más amplia de la ciudad jardín, algo que no era novedoso en la ciudad ni en el país. Tal vez el aporte más interesante de La Padula -además de formular el PRC- fue el haber podido conjugar modernización urbana y legado colonial que, como se mostró, resultaba un valor diferencial para un amplio y heterogéneo sector de la sociedad cordobesa. Así, mientras en la mayoría de las ciudades del país el ímpetu modernizador avanzaba en diversas renovaciones urbanas y en las que las preexistencias arquitectónicas no era una preocupación -todo lo contrario-, Córdoba desarrolló una temprana legislación en torno al patrimonio arquitectónico. Recién hacia mediados o finales de los años setenta comenzó a generarse una nueva sensibilidad sobre la historia (Gorelik y Silvestri, 2005) que se tradujo en la incorporación del patrimonio a la legislación urbana, como en el caso de Buenos Aires. Es posible pensar que, al incluir al patrimonio arquitectónico como parte central del proceso de modernización urbana, aunque escindiéndola del PRC, La Padula, de alguna manera, contribuía a anular a lo colonial como valor en disputa. Por último, a partir de la década de 1960, al tiempo que se incorporaban nuevas nociones de planeamiento y región, que además suponía un acercamiento a las ciencias sociales, comenzaba un lento proceso de diferenciación entre las figuras del arquitecto y del urbanista. Para esto fue central, aunque no definitivo, que los estudios de posgrado se hubiesen realizado en el exterior. Para finalizar, interesa señalar la relativa autonomía que hubo en algunas formas de ver y pensar a la ciudad en el TT y en los técnicos del municipio, en las que se podía compartir las nuevas miradas sobre lo urbano, pero sin comprometerse con la radicalización política.