Introducción
La cita del título que encabeza este trabajo es una frase que el cura José María Llorens (Buenos Aires, 1913-1984)1 empleó en 1958 para responder a los interrogantes de los/as vecinos/as del asentamiento que daría lugar al barrio San Martín, Mendoza, acerca de la construcción de una capilla (Llorens, 1983, p. 201). La expresión “primero la casa de los hombres, después la casa de Dios” demuestra que en el orden de prioridades consideraba primordial atender a los asuntos vitales, como la necesidad de vivienda, de los habitantes para luego ocuparse de lo estrictamente religioso.
Su preocupación respondía a que, durante el período desarrollista (1955-1972) en América Latina y en Argentina, se patentizó un problema que venía gestándose desde principios de siglo: el de los asentamientos informales en los cordones urbanos. Si bien el Estado propuso diferentes proyectos de intervención según las tendencias políticas, las respuestas no fueron suficientes. Las soluciones oficiales aportadas se concretaron por medio de programas que, en muchos casos, fueron impulsados por organismos internacionales quienes, apoyándose en una concepción desarrollista, concebían que era posible que los países subdesarrollados abandonaran esa condición a partir del apoyo técnico y económico, aspectos que impactarían en lo social.
Particularmente en el caso de Argentina, luego del golpe de Estado de 1955, efectuado por la autodenominada Revolución Libertadora, la intervención estatal en el área de la vivienda se redujo de forma dramática. Sumado a lo anterior, se propuso el descongelamiento gradual de los alquileres como estrategia para estimular la construcción, y se comenzó a apoyar a las empresas que encararon proyectos de grandes conjuntos habitacionales. Al mismo tiempo, se redujeron los fondos estatales y subsidios a sectores medios/bajos (Gargantini, 2003).
La desatención a la producción de la vivienda se combinaba con la industrialización y las migraciones internas, que habían agravado el problema del crecimiento de asentamientos inestables. La política estatal en Argentina se centró en combatir los asentamientos urbanos informales, por lo que se formularon, entre 1956 y 1957, los primeros planes oficiales, cuya metodología consistió en el desalojo compulsivo, con la consecuente organización en el territorio por parte de las poblaciones villeras (Snitcofsky, 2022).
Frente a este panorama, otros sectores se vieron interpelados por la realidad palpable en estos asentamientos. Distintas organizaciones políticas, sociales y algunos sectores de la Iglesia comenzaron a trabajar activamente en el territorio para mitigar las condiciones de desigualdad y colaborar en la organización de la población para hacer frente a las injusticias territoriales que tenían por consecuencia la exclusión y los desalojos. Giannotti y Soares-Gonçalves señalan que, en el contexto de la Guerra Fría, los espacios de informalidad urbana en Santiago de Chile y Río de Janeiro se transformaron en un escenario de disputa entre los sectores de izquierda y la Iglesia, que incluso llegaron a enfrentarse de forma violenta para tener la primacía en la acción y la conducción de los/as pobladores/as (Giannotti y Soares-Gonçalves, 2020).
La nueva actitud de la Iglesia frente a la problemática de los asentamientos informales en América Latina fue impulsada por un enfoque más humano y cercano, reflejado en las propuestas del Concilio Vaticano II (1962-65).
En este trabajo nos centraremos en analizar las actividades de la Iglesia en los asentamientos informales, para comprender mejor el caso local del sacerdote jesuita José María Llorens, cuya acción fue excepcional, pero que se enmarca en nuevas ideas de la Iglesia sobre los pobres y sus formas de habitar a nivel latinoamericano. Este mismo entrelazamiento entre lo local y regional es utilizado en su libro Opción fuera de la ley, en el que nos detendremos para comprender su visión, en que el juego de escalas está presente y las nuevas ideas se territorializan en la villa San Martín.
Las propuestas de estos sectores de la Iglesia para mitigar las injusticias territoriales se centraron en apoyar la autoproducción y producción social del hábitat. Entendemos estos conceptos como procesos muy variados, que se sustentan en la paulatina inversión, y surgen de la lógica de la necesidad, es decir, no priorizan la finalidad lucrativa sino la necesidad de uso, son expresiones del acto de habitar, más que del objeto casa (Rodríguez et al., 2007). La producción constituyó, para este sector de la Iglesia, una estrategia de dignificación e inclusión social, que implicó no solo a las comunidades de los asentamientos, sino también a actores externos que se involucraron activamente en la transformación de los espacios suburbanos.
Una nueva visión de la Iglesia sobre la pobreza
La preocupación programática de la Iglesia por los sectores más desfavorecidos tuvo sus comienzos hacia fines del siglo XIX, lo que se evidencia en la encíclica Rerum Novarum, elaborada por el Papa León XIII en 1891, que marcó los primeros lineamientos y guio la actuación en materia social. La solución a la desigualdad se encontraba en la intervención de la doctrina de justicia y caridad cristianas que, a su vez, serviría de inspiración a la actuación del Estado (Blanco, 2021). Posteriormente, la encíclica Quadragesimo Anno, de Pío XI en 1931, completó el marco teórico del catolicismo social.
Durante las primeras décadas del siglo XX surgieron diferentes acciones que evidencian un nuevo compromiso de distintos sectores de la Iglesia con los/as más vulnerables asentados en los cordones urbanos. En Brasil, estas actividades comenzaron en 1937 con la fundación del Instituto de Educación Social y Familiar, impulsado por el Cardenal Arzobispo Sebastião Leme, bajo la influencia de intelectuales católicos como Estela Faro y Alceu Amoroso Lima (Giannotti y Soares-Gonçalves, 2020). Esta labor continuó con la Fundación León XIII, creada en 1947 e inspirada en las encíclicas sociales, que promovió la vida asociativa y mejoras en saneamiento y vivienda, bajo un concepto de urbanización selectiva.
A nivel transnacional, se destaca la organización católica Emaús, creada en 1947 por el sacerdote francés Henri Grouès, conocido como Abbe Pierre, quien recorrió América Latina difundiendo sus ideas en 1954. Emaús tuvo un fuerte arraigo regional a partir de acciones concretas vinculadas al hábitat de los sectores menos favorecidos. En Argentina, fue el sacerdote jesuita José Balista quien comandó la sede local desde 1957 (Durante, 2022).
En la provincia de Mendoza, área de estudio de este trabajo, Emaús se preocupó tempranamente por las poblaciones asentadas en las periferias urbanas, con acciones que se remontan a 1955 (Llorens, 1972). En 1959, la asociación señalaba la existencia de unos 5.000 pobladores en “villas miserias”, siendo la mayor la ubicada al oeste de la ciudad capital (Llorens, 1964), dato relevante ante la ausencia de estadísticas oficiales para ese período.
El compromiso de Emaús se manifestó de forma visible con la visita del Abbe Pierre a Mendoza en julio de 1959, en el marco de una gira continental contra el hambre. Durante su estadía, brindó un discurso en un punto céntrico de la ciudad y visitó asentamientos inestables, entre ellos el basural que luego se transformaría en el barrio San Martín (Fig. 1). Allí, en un gesto simbólico, colocó los primeros ladrillos de una vivienda, evidenciando el compromiso de la Iglesia con la producción del hábitat (“Antes de dejar Mendoza el padre Emaús tenía como representante provincial al padre Fernando Viglino, quien fue desvinculado de la Iglesia por su posicionamiento frente a los cambios sociales” (Álvarez, 2009; M. Diez, comunicación personal, abril de 2024). A partir de entonces, el padre José María Llorens acompañó al Movimiento Familiar Cristiano en sus actividades y se estableció definitivamente en el basural en 1964, espacio que luego daría origen al barrio San Martín.
Figura 1. Fotos de la gira del Abbe Pierre por diferentes barrios de Mendoza. (“Antes de dejar Mendoza el Padre Pierre visitó los barrios humildes”, 1959)
Estos procesos locales se inscriben en un contexto latinoamericano más amplio de transformación de la Iglesia, marcado por la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de 1955, la creación del CELAM y, posteriormente, el Concilio Vaticano II (1962-1965), que promovió una Iglesia más cercana a los problemas sociales y abierta al diálogo (Lida, 2015). Estas transformaciones favorecieron el acercamiento de sectores del clero a posiciones de izquierda y derivaron en propuestas como la Teología de la Liberación en la década de 1970 (Giannotti y Soares-Gonçalves, 2020; Zanca, 2020).
Como se analizará más adelante, el Concilio Vaticano II fue especialmente significativo en el pensamiento de Llorens, en particular la encíclica Populorum Progressio, promulgada en 1967. Experiencias similares se desarrollaron en otros países, como Chile y Brasil, donde sacerdotes combinaron su labor pastoral con la participación directa en trabajos colectivos y procesos organizativos en asentamientos marginales.
En Argentina, estas prácticas se articularon en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, consolidado en 1968 (Álvarez, 2009). Dentro de este proceso surgieron los llamados curas villeros, reconocidos por la Iglesia en 1969, que desempeñaron un rol clave en la organización comunitaria y la resistencia a los desalojos (Oszlak, 1989). Durante la dictadura iniciada en 1976, estas acciones continuaron a través del Equipo Pastoral de Villas, aunque fueron duramente reprimidas (Daich Varela, 2021).
Finalmente, estas concepciones que vinculaban la mejora del hábitat con el compromiso social de la Iglesia continuaron desarrollándose mediante programas como el Servicio Latinoamericano de Vivienda Popular (SELAVIP), creado en la década de 1970 por el sacerdote Josse van der Rest junto a otros jesuitas en América Latina, y luego extendido a Asia y África (“Bienvenido(a) a SELAVIP | SELAVIP”, s. f.).
Llorens y su Opción fuera de la ley como gestión del hábitat
En este marco de profundas transformaciones y guiado por la premisa de que era necesaria una intervención directa para mejorar las condiciones de vida de los sectores desfavorecidos, el padre José María Llorens llegó a Mendoza en 1958, trayendo la experiencia de los “sacerdotes obreros”, aprendida de la obra del jesuita Alejandro del Corro. Además, Llorens señala que un hito en su vida fue, en 1947, presenciar la conferencia en francés del fundador de la Juventud Obrera Cristiana, monseñor José Cardijn; aunque no comprendió completamente su francés, su testimonio fue transformador y lo llevó a trabajar por los demás (Llorens, 1972).
Una vez en la región de Cuyo, comenzó a visitar un basural situado tras una de las defensas aluvionales al oeste de la ciudad de Mendoza, junto con otros jesuitas y el grupo de traperos de Emaús. Este era el asentamiento más grande de la periferia urbana de Mendoza (Fig. 2). Este proceso personal de compromiso comunitario desencadenó que, en 1964, Llorens se mudara definitivamente a una pieza en el asentamiento en el que venía trabajando desde hacía unos años y que, gracias a sus aportes, se transformó en el barrio San Martín.
Figura 2. Diagrama de la ubicación de los asentamientos en el Gran Mendoza 1964 en que se puede elucidar la magnitud del San Martín. Fuente: Llorens (1972, p. 17).
Desde sus primeros contactos, fue parte del proceso de urbanización y del desarrollo habitacional autogestionado por fuera de los circuitos oficiales. Participó tanto en el acompañamiento administrativo como en las tareas de albañilería. Colaboró activamente en la organización de una cooperativa creada en junio de 1959, que trabajó para lograr las condiciones necesarias de un hábitat digno con recursos fuera de la ley, es decir, provistos por los mismos habitantes del asentamiento, sin apoyo estatal en los aspectos técnicos ni económicos.
La cooperativa fue creada por sugerencia de un callampero chileno que había participado en tomas de tierras en el país vecino y que era habitante del basural. Su nombre era Humberto Mardones y dio los primeros impulsos mediante simples instrucciones: explicó qué era una asamblea, un acta, etc. Tenía experiencia societaria y, como comenta Llorens en su libro, fue, fundamental para la organización de la cooperativa y el empoderamiento de los/as vecinos/as. Como una muestra de su actitud decidida, Mardones fue el primero que construyó su casa de material, desobedeciendo un permiso municipal que indicaba que los/as pobladores/as asentados/as no podían construir viviendas definitivas.
La cooperativa, con el apoyo de Llorens, logró tener asesoría legal por parte del Dr. Jorge Lahun, y urbana/arquitectónica, brindada por el arquitecto Juan Carlos Rogé (cuya participación se extendió en el tiempo y fue quien realizó el diseño del barrio). Propusieron un trazado al que los/as vecinos/as se adaptaron y trasladaron sus casillas según lo dispuesto por la cooperativa; fue un trabajo de negociación y convencimiento en pro del bien común (Fig. 3). El financiamiento también provenía de un almacén cooperativo: con la recaudación se procedería a comprar los terrenos fiscales al Estado y a urbanizar y levantar viviendas.
A raíz de estas iniciativas, Llorens junto con Lahun, fueron a conocer la experiencia de las tomas de tierras en Chile. Además, el sacerdote viajó a otros países latinoamericanos con la intención de nutrirse de las actividades realizadas por otros movimientos autogestivos en asentamientos (A. Marengo, comunicación personal, 13 de octubre de 2025).
La trascendencia de la experiencia fue material, pero también impactó en otras esferas. Según Rodríguez Agüero (2019), el barrio fue un espacio cotidiano de organización y de “sociabilidades”, cuyos vínculos impactaron en la militancia territorial, gremial, partidaria, religiosa, etc.
Como observamos, la acción de Llorens excedió la actividad pastoral. Centrado en mejorar las condiciones de vida de los/as habitantes del basural, se avocó a la “casa de los hombres”. Este proceso fue relatado en su libro Opción fuera de la ley (1972), reeditado varias veces. La redacción del libro fue llevada a cabo en agosto de 1967; al momento de la primera edición, en 1972, Macuca, como lo conocían sus afectos, afirmaba que habían sucedido muchos cambios políticos, ideológicos y eclesiásticos.
La palabra “opción” que elige Llorens para titular su libro anticipa su empleo oficial en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Puebla en 1979, en que se ratificaban la opción por los pobres enunciada por la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968) con el reconocimiento de las profundas formas de injusticia y opresión a los pobres. Si bien el primer manuscrito de este libro es de 1967, Llorens menciona específicamente en el prólogo de la edición de 1972 la Conferencia de Medellín. El tema de la opción es retomado en una entrevista que se publicó póstumamente en un diario local en la que se afirmaba que la opción por los pobres era “la opción que hizo Cristo para siempre”, en contraposición con el camino conservador de otra parte de la Iglesia (Gallo, 1985).
En el libro, narra la acción de la ocupación del espacio por parte de los sectores populares desde 1930 a 1950 de forma somera. Luego, el relato gana precisión y la atención se centra en la organización desde que Llorens se instala en el barrio en 1964. Con detalles y una secuenciación cronológica que se despliega a lo largo de los años, propone un desarrollo a modo biológico en el que se plantea un estado inicial, una adolescencia, una madurez, la crisis, etc., de la cooperativa del barrio.
La propuesta, esbozada desde el título, plantea que las comunidades deben ser gestoras de sus propios cambios y de su hábitat a partir de su organización autónoma. La única salida posible para mejorar sus condiciones de habitación son las acciones por fuera de las instituciones y programas estatales; así, el camino se encuentra “fuera de la ley”, sin permisos ni apoyo político. A diferencia de lo que señala Oszlak (1989) para otros casos, en los que, luego de que el Estado garantizara la permanencia, comenzaban los trabajos de urbanización, los/as habitantes del asentamiento del basural San Martín no siguieron este esquema y se organizaron por fuera del amparo legal desde un inicio, trazando sus calles y definiendo los espacios públicos y privados (Fig. 4). Cuando el Estado quiso intervenir, se encontró con dificultades, según Llorens (1972), debido a que ya existía una autoridad dentro del barrio: la asamblea de vecinos/as.
En la misma línea, Llorens criticaba los estudios teóricos que vinieran “desde arriba” y, como contrapartida, revalorizaba el trabajo de la comunidad y la acción que proviniera de ella. Menciona como ejemplo que, durante 1961, tuvieron cinco encuestas sin ningún tipo de resultado visible. Hace también un comentario sobre los programas de desarrollo de las comunidades, que habían dado lugar a diferentes instituciones y movimientos universitarios. Indica que este sistema mostraba, en su aplicación, rasgos del “sistema colonizador” que lo había impulsado. Esto se debía a que dichos programas comprendían a América Latina como un continente subdesarrollado y tendían a superar esta situación mediante “parches”, lo que ocultaba que era necesario un “cambio estructural y urgente” (Llorens, 1983, p. 161). Es decir, proponían transformaciones menores que no alteraban el orden imperante
En otro de los capítulos, rescata la figura de diferentes integrantes del directorio de la cooperativa, semblanzas que intentan puntualizar la personalidad y el accionar de quienes estuvieron en el inicio del proceso. De esta forma, el autor personaliza la lucha y la organización a partir de estas pequeñas biografías de los participantes, que eran en su mayoría casi analfabetos.
Además del desarrollo cronológico y biográfico, el libro profundiza en algunos conceptos que retoma a lo largo de los capítulos. Uno de los tópicos que se observa en el trabajo es la conciencia regional latinoamericana. Si bien esta categoría no está definida puntualmente ni se establecen sus límites geográficos o culturales claros, el sacerdote la relaciona con un presente doloroso y con la posibilidad de un futuro mejor, preñado de esperanza, en oposición a las propuestas impuestas que vienen desde afuera y que intentan una transformación social o territorial.
La villa del basural funciona así como un eco de las desigualdades de América Latina, “en que pocos tienen casi todo, los demás casi nada y desprecio” (Llorens, 1983, p. 41), pero, a su vez, es presentada como la única salida de la desigualdad, ya que las respuestas debían provenir desde las propias comunidades. Resulta interesante que este recurso, el de entrelazar el análisis de la problemática de la villa con temas mayores, se emplea también en diferentes citas y numerosas notas al pie de la encíclica Populorum progressio. Así la experiencia cotidiana narrada por Llorens y sus referencias al barrio en formación se vinculan con distintos pasajes de esta encíclica, dirigida a consagrados y laicos, y que trata sobre el problema del progreso desde una concepción humanística integral. Denuncia el desequilibrio entre países ricos y pobres y critica el neocolonialismo, aspectos que Llorens percibe en la villa y que están expresados en la encíclica. Así, Llorens hace un juego de escalas entre los conceptos generales y abstractos de la encíclica y el caso particular, micro, de la producción del hábitat del barrio, lo que resulta en un entramado que se entreteje con la actividad laica/social y la propuesta espiritual de la nueva visión de la Iglesia. El concepto de progreso que el cura rescata del documento y observa como posibilidad en el barrio en formación se confronta con la noción de progreso y desarrollo propuestas por los organismos internacionales. La problemática del desarrollo aparece tratada en las ediciones de 1972 y 1983.
Resulta pertinente mencionar que el concepto de desarrollo es probablemente el más utilizado en el pensamiento latinoamericano durante la segunda mitad del siglo XX. Su aparición y rápida instalación se articulan con la creación de la CEPAL; es tan relevante que puede afirmarse que divide el pensamiento del siglo en dos (Devés Valdés, 2003). Era difundido por los organismos internacionales y se relacionaba con la idea de crecimiento económico; en muchas oportunidades se lo utilizó como sinónimo. Este desarrollo era acompañado por factores sociales, políticos y culturales. En términos más precisos, se lo asociaba a la industrialización, al progreso tecnológico-científico, a la urbanización, al aumento del ingreso per cápita y a mejoras en las condiciones de vida (alimentación, vivienda, educación, salud) (Devés Valdés, 2003). Así, para los organismos internacionales el espacio urbano y la vida doméstica eran observados como espacios de intervención social, que trascendían las fronteras nacionales (Benmergui, 2009). Mejorar las condiciones materiales de estos sectores urbanos, mediante programas técnicos y apoyo económico, repercutiría en la mejora de las condiciones generales de vida y en el progreso de las comunidades.
Este concepto es criticado por Llorens en el libro, debido a que, siguiendo las tendencias mencionadas, se alinea con una visión más humana y denuncia que las soluciones propuestas por estos organismos no eran viables desde el punto de vista humano ni económico. Cuestionaba la forma dicotómica de pensar el problema de la pobreza y las villas, y proponía una mirada más compleja que desandara esos extremos.
Como ejemplo del mal funcionamiento de estos organismos, el cura narraba que la cooperativa había intentado conseguir un préstamo del BID, pero la lentitud y la burocracia exigían viajar a Buenos Aires en reiteradas oportunidades, cuestión inabordable debido a la situación económica: “era preferible seguir viviendo en pocilgas que lamer botas a los burócratas” (Llorens, 1983, p. 156). Comentaba el caso del barrio Infanta, vecino del San Martín, que fue beneficiario de un crédito de la Alianza para el Progreso, y el único beneficio que consiguió fue que colocaran un cartel de esa entidad en la entrada del futuro barrio que mencionaba el apoyo de ese organismo.
Describía estos programas de forma irónica, resaltando que las acciones eran propuestas como una ayuda a quienes tenían menores capacidades: “Implica que aquellos que tienen cultura, capacidad económica, social, técnica, dan ‘una manito’ a los países pobres, a las provincias pobres, a las comunidades pobres. Ellos nos necesitan porque son incapaces […] Además, ellos son vagos... venidos a la ciudad del interior... pero si sólo sirven para el machete y el hacha” (Llorens, 1983, p. 161). Sin embargo, cuando surgían líderes populares dentro de las mismas comunidades, el sistema los perseguía y reprimía por “extremistas y subversivos” (Llorens, 1983, p. 162).
Debido a estas concepciones, Llorens consideraba que los programas de ayuda mutua2 para la construcción de viviendas, promovidos por los organismos internacionales, no eran positivos porque “se basaban en la injusticia y la explotación: un obrero que trabaja ocho horas diarias debería, con su salario, poder acceder a la propiedad” (Llorens, 1983, p. 98). En estos programas el jefe de familia aportaba la mano de obra para abaratar los costos finales de las viviendas promovidas por alguna entidad (Estado u otros organismos) que aportaban la guía técnica y el control sobre las horas trabajadas en el programa. En el barrio se llevaron adelante algunas experiencias de ayuda mutua luego de una gran tormenta que dejó sin casa a algunas familias, pero el padre no destaca sus buenos resultados.
Esta situación había comenzado a cambiar a partir de una nueva conciencia del pueblo, que entendía que “su desarrollo no puede provenir de sus opresores; y, por lo tanto, ha llegado ya el tiempo de la lucha popular por la liberación, que dará a los pueblos marginados por la justicia su lugar en la historia” (Llorens, 1983, p. 163). Según Llorens, el obrero no debía aportar al proyecto solo su fuerza física, sino también su dirección técnica y administrativa, aspectos que no se contemplaban en el programa y que, como demostraba el caso del San Martín, eran posibles de ser aportados por los/as futuros/as usuarios. Esto conducía a un concepto ampliado que lo acerca a la producción del hábitat, que además colaboraba en el empoderamiento y dignificación de la comunidad. La experiencia del San Martín era una muestra de ello, evidenciaba que era posible la organización autogestiva, democrática y participativa, que daba frutos concretos y se manifestaba en lo conseguido en el barrio, sus casas y urbanización.
Este pensamiento anclado en lo territorial tuvo otra arista muy interesante y transformadora: los campamentos universitarios de trabajo (CUT) que comenzaron en 1964 con el nombre de campamentos de estudiantes constructores en el asentamiento de San Martín y se extendieron a distintas provincias argentinas (Fig. 5). En esta primera ocasión participaron 50 universitarios/as, que durante quince días convivieron con los/as habitantes del barrio: las chicas en la escuela y los varones en una casa, ayudando en tareas de construcción y producción de bloques de hormigón (Longo, 1968). En su organización, junto con el padre Llorens, colaboró el sociólogo y profesor universitario Ezequiel Ander Egg.
Al año siguiente, los campamentos se llevaron a cabo en enero y febrero, y el número de asistentes se elevó a 120 universitarios/as. A partir de 1966, esta experiencia se nacionalizó y, hasta su finalización en 1972, se realizaron sucesivamente en el norte de Santa Fe, Neuquén, Cutral Có, Cipolletti, General Roca, Salta, Santiago del Estero y Catamarca (Álvarez, 2010) (Fig. 6). El objetivo fundamental era producir un impacto vital en los/as estudiantes a partir de la inserción territorial y el trabajo en una comunidad determinada, para influir en la conciencia social de los/as participantes; no tenían una finalidad religiosa sino pedagógica.
Figura 6. Jóvenes del CUT colaborando a techar una vivienda. Fuente: “La juventud se moviliza para ayudar al país” (1967, p. 5). Gentileza de José Zanca.
Llorens comenta que los/as universitarios/as participaban no como “maestros/as”, sino como “discípulos/as” en las tareas de esas comunidades. Inicialmente actuaban en la construcción de viviendas o algún equipamiento, luego también colaboraron en trabajos generales, como las cosechas, tareas en el campo, etc. (Llorens, 1972). El trabajo se organizaba a partir de las necesidades planteadas por las familias en proyectos conjuntos previamente acordados con los/as organizadores/as, quienes solían ser jóvenes que ya habían participado en experiencias anteriores. Según Llorens los campamentos de trabajo significaron “un reto al asistencialismo, al paternalismo y a la instrumentalización oficialista que es el cáncer oculto en casi todos los programas de desarrollo de la comunidad en América Latina” (Llorens en “La Juventud se moviliza para ayudar al país”, 1967).
La implicancia juvenil en actividades religiosas y sociales fue una práctica común a inicios de la década del 60. Lida (2015) refiere a campamentos en remotos poblados pobres como parte de la Acción Católica. Comenta que 300 jóvenes participaron en Tucumán en este tipo de experiencia; además, recorrieron las provincias de Salta y Jujuy, llevando medicamentos, ropa y alimentos no perecederos; en algunos casos iban acompañados por médicos/as, cumplían tareas de alfabetización y, claro está, realizaban catequesis. También se destaca la actuación de AMA (Acción Misionera Argentina), algunas de cuyas misiones estuvieron coordinadas por Carlos Mugica, que también coincidió con uno de los CUT, en el Chaco Santafesino en 1966 (A. Marengo, comunicación personal, 13 de octubre de 2025).
Es interesante que esta experiencia local, despertó algunas polémicas entre sectores conservadores, quienes los comparaban con experiencias internacionales. Así, reivindicaban los campamentos del Sindicato Estudiantil Universitario (SEU) propiciados por el franquismo, en contraposición con algunos de Checoslovaquia que eran tildados de promiscuos. En el caso argentino, también se sospechaba de la moralidad campamentos “en los nuestros no faltan parejas que aprovechan la ocasión para intimar fuera del control de la vida ciudadana, que no ofrece tantas ocasiones” (Quiroga, 1968). A diferencia de los miembros del SEU español quienes procuraban durante el año prepararse para las tareas específicas que habían de realizar en “los CUT todo era improvisado, la menguada preparación para la labor manual, las inclemencias del tiempo, la desconfianza natural de los obreros o campesinos, que admiten con prevenciones a estos inexpertos trabajadores, hacen que la ayuda material sea mínima” (Quiroga, 1968). El artículo fue contestado en el número siguiente, destacando que la experiencia territorial era transformadora desde lo humano y pedagógico (Fig. 7).
Figura 7. Mujeres trabajando en el zanjeo para cimientos de una vivienda. Fuente: “La juventud se moviliza para ayudar al país” (1967, p. 6). Gentileza de José Zanca
Conclusiones
Como hemos podido analizar a lo largo del presente trabajo, una rama de la Iglesia católica se sensibilizó frente a la cuestión social en América Latina. Debido a este interés se transformó en un actor activo en la producción social del hábitat popular como una manera de mitigar la desigualdad y colaborar en la dignificación de los sectores menos favorecidos, por lo que su accionar trascendió la actividad pastoral para involucrarse materialmente con los problemas de los asentamientos de los cordones urbanos. Fue un actor activo en la transformación de sectores periféricos y en la consolidación e integración.
En este contexto, se destaca a nivel local la figura del cura José María Llorens, quien, en Mendoza, mediante su instalación en un asentamiento, acompañó activamente su consolidación e integración comunitaria. Si bien Llorens nunca se apartó de la Iglesia y actuó con la autorización de sus superiores, su compromiso lo llevó a emprender acciones que trascendían la labor pastoral tradicional. No solo colaboró en la gestión del barrio, sino que, como recuerda un actual habitante del San Martín, “Macuca se arremangaba la pollera y se ponía a pelar caña con nosotros” (Enrique, comunicación personal, septiembre 2025). Su labor abarcó tanto la organización de la cooperativa y la mediación con las autoridades municipales y provinciales, como el trabajo físico en la construcción del barrio, símbolo de un compromiso que implicaba renuncias, esfuerzos y una presencia concreta, más allá del acompañamiento espiritual.
Además de los resultados materiales en la consolidación del hábitat, consideramos relevante destacar la nueva mirada sobre los sectores populares como actores activos en la definición de sus espacios habitacionales. Tal perspectiva se manifiesta en el libro de Llorens, publicado en un contexto en el que la participación social en la producción de viviendas tendía a reducirse a los trabajos físicos en programas de ayuda mutua. En contraposición a esa mirada, el sacerdote sostenía que los habitantes de las villas debían intervenir desde la concepción, el diseño y la gestión de los proyectos, y no ser incorporados únicamente como mano de obra. Proponía así un modelo basado en los usuarios como punto de partida, donde los métodos democráticos se canalizaban a través del esquema cooperativo.
De este modo, se superaba el modelo de autoconstrucción dirigida del sistema, limitado a la fase de ejecución, para orientarse hacia la autoproducción, entendida como la manera en que los/as usuarios/as se involucraban en todas las etapas del proceso, que se realizaba por su propia iniciativa y bajo su control (Rodríguez et al., 2007).
Sumamos en este marco, la promoción de Llorens de los CUT, que también implicaban comprender la complejidad del territorio a partir de la participación activa en la comunidad, mediante las tareas de albañilería y de la participación en el trabajo cotidiano.
Comprendemos las acciones de esta rama de la Iglesia como propuestas de gestión del hábitat popular que, si bien no fueron cuantitativamente significativas, constituyeron experiencias trascendentes por ofrecer formas alternativas de concebir el territorio y de gestionar el hábitat desde las propias comunidades de pobladores y los/as jóvenes que participaron en los programas de campamentos. En este sentido, consideramos necesario visibilizar estas concepciones alternativas de producción del hábitat para complejizar aquellos enfoques historiográficos centrados principalmente en las intervenciones estatales o en las acciones de organismos internacionales. Las formas de organización territorial de base impulsadas por sectores de la Iglesia y por distintos grupos autogestivos no solo surgieron en respuesta a las políticas oficiales, sino que también propusieron modalidades particulares de organización comunitaria y de producción del hábitat con impactos materiales concretos en los barrios populares.
Esta concepción se refuerza en la claridad conceptual y el posicionamiento político de Llorens, expresados teóricamente en su libro, el cual se nutre tanto de la experiencia empírica local como de las reflexiones elaboradas a partir de la realidad latinoamericana desde una praxis situada.
