Introducción
El espacio urbano constituye el resultado de un proceso histórico de construcción social que se desarrolla en el marco de las disputas de los diferentes agentes que pujan por su apropiación tanto material como simbólica (Lefebvre, 2013). En este sentido, no existe una naturaleza absoluta del espacio urbano, sino que este se define de manera relativa y relacional como producto de las prácticas sociales y, a su vez, como marco donde estas se desarrollan. La urbanización se puede entender, entonces, como un proceso mediante el cual la sociedad ocupa un espacio que es transformado para sostener la reproducción del conjunto de relaciones sociales que la estructuran. Desde esta perspectiva, Harvey (2004) pone el acento en señalar el vínculo entre la dinámica expansiva del capitalismo y las transformaciones del territorio. Las recurrentes crisis del capitalismo requieren ajustes espacio-temporales que, mediante procesos de destrucción creativa, permiten redireccionar los circuitos de acumulación del capital, dando lugar a cíclicas transformaciones del espacio urbano.
En América Latina, los procesos adoptan características diferentes a lo que se observa en el norte global. Siguiendo a Abramo (2012), el régimen de acumulación fordista-keynesiano generó en la región un proceso de urbanización acelerado y excluyente. El estado de bienestar solo alcanzó a cubrir a un sector limitado de la sociedad, lo que derivó en una creciente segmentación y exclusión de amplios sectores poblacionales. La crisis del fordismo periférico, promovió al mercado como agente hegemónico en la coordinación de las decisiones de uso de suelo y consolidó un patrón de urbanización que resulta simultáneamente compacto y difuso. En esta línea, Duhau y Giglia (2008) identifican que la urbanización en las ciudades latinoamericanas sigue un ciclo de expansión-consolidación-expansión. En la fase expansiva, el crecimiento avanza hacia periferias rurales, impulsado por ocupaciones informales o proyectos inmobiliarios que transforman el uso de suelo rural a urbano y generan valorización en las rentas. En la fase de consolidación, aquellos sectores intersticiales generados en el proceso expansivo inicial son ocupados por nuevos emprendimientos residenciales que permiten capitalizar las rentas generadas en el ciclo anterior. Una vez saturados esos espacios, el ciclo se reinicia abriendo una nueva etapa expansiva.
La incidencia de la renta del suelo en los patrones de urbanización de América Latina es señalada por Jaramillo (2009) y Abramo (2012) para explicar la persistencia de una heterogeneidad de formas de producción residencial -lógica mercantil, estatal y de la necesidad- que inciden en el despliegue de fenómenos como la expansión urbana y la segregación residencial socioeconómica, característicos en las ciudades de la región. En este marco, si bien existen diferencias entre países, el crecimiento urbano de las ciudades latinoamericanas en los últimos cuarenta años se ha configurado a partir de una producción residencial dispersa y fragmentada, que incluye tanto viviendas de interés social en la periferia como emprendimientos de lujo y asentamientos informales, dando lugar a un patrón combinado de expansión dispersa en los bordes y densificación en las áreas consolidadas (Pradilla Cobos, Márquez López y Castillo de Herrera, 2023; Marengo, Elorza y Avalos, 2023).
En el caso de Argentina, diversos estudios dan cuenta de un proceso de metropolización que caracteriza el crecimiento de las principales ciudades del país, especialmente desde las últimas décadas del siglo XX (Raspall, Rodríguez, Von Lucken y Perea, 2013; Rocca, Ríos, Mariñelarena y Rodríguez Daneri, 2016; Ciccolella y Mignaqui, 2021; Galimberti, 2021; Cortizo, Tarducci y Frediani, 2021; Marengo, 2015; 2022; 2023). Los estudios permiten identificar factores subyacentes comunes que operan en la integración de ciudades de pequeña escala a la dinámica urbana de una ciudad cabecera; entre ellos, el rol central del Estado, tanto por sus intervenciones directas en la periferia como por la generación de instrumentos normativos que, o bien son débiles, o resultan facilitadores para el despliegue de grandes emprendimientos privados orientados a sectores de altos ingresos. Los procesos especulativos vinculados a la renta del suelo presionan las decisiones de la localización de iniciativas residenciales estatales y privadas e inciden también en la proliferación de asentamientos informales. Este proceso se consolida además con el desarrollo de infraestructura vial: se identifican reconfiguraciones en la movilidad y en el uso del suelo, especialmente por transformaciones de usos productivos a residenciales, con la generación de nuevas morfologías espaciales. La dispersión no solo se observa en términos físicos por la discontinuidad de las áreas periurbanas, sino que es acompañada por una desaceleración del crecimiento poblacional de las ciudades cabecera en contraposición a una dinámica demográfica positiva en las localidades de menor tamaño.
En esta línea, Szupiany (2021) plantea una relación entre los procesos de expansión urbana y el avance de las políticas neoliberales, en el marco del cual emerge un modelo de ciudad fragmentada. La autora identifica dos momentos en Argentina. Por un lado, entre 1976 y 2001, la hegemonía neoliberal propició la emergencia de tres fenómenos con impacto territorial: el desarrollo de malls, autopistas y barrios cerrados. Por otro lado, entre 2001 y 2015 se reconfiguraron las herencias neoliberales a partir de medidas neokeynesianas, escenario en el que se profundizó la dispersión y fragmentación en las principales ciudades del país junto con un proceso de crecimiento urbano significativo en las ciudades intermedias. Si bien existen diferencias asociadas a las particularidades económico-productivas de cada ciudad que condicionan sus procesos de urbanización, diversos autores coinciden en que la expansión urbana ha sido impulsada principalmente por la autoconstrucción e intervenciones estatales directas. En escenarios donde la planificación urbana se encuentra desvinculada de la política habitacional pública, estas dinámicas de crecimiento urbano tienden a favorecer procesos especulativos que, en última instancia, son impulsados por el sector privado. Esta aparente desvinculación puede interpretarse como una ausencia de acción estatal (por omisión) antes que una forma específica de intervención. Acciones indirectas, que se expresan en las regulaciones y normativas urbanas, y alternativas de localización de la vivienda social en suelo de propiedad estatal operan de manera articulada y generan una valorización inmobiliaria diferencial en el espacio urbano (Matossian, 2014; Meza y Ramírez, 2021; Finck, Lobato, Moreno Russo y Martínez, 2022; Sarracina, 2024).
La Rioja es una ciudad intermedia y periférica (en términos económicos) dentro de la jerarquía urbana de Argentina; sin embargo, su proceso de urbanización no escapa a las dinámicas de crecimiento antes mencionadas. El trabajo propone analizar el crecimiento urbano de esta ciudad en el siglo XXI y las lógicas de producción residencial vinculadas al mismo. A los fines analíticos, se entiende por intervenciones estatales directas aquellas acciones mediante las cuales el Estado incide en la producción del espacio urbano, tales como la materialización de viviendas sociales, el desarrollo de obras de infraestructura, la construcción de equipamientos urbanos, entre otras. Por su parte, las intervenciones estatales indirectas comprenden aquellas decisiones regulatorias y de planificación -como la normativa urbanística y la gestión del suelo- que, sin materializarse en una acción constructiva directa, condicionan y orientan los procesos de urbanización. De este modo, se parte de la hipótesis de que las intervenciones estatales -directas e indirectas- han tenido un impacto central en la expansión urbana reciente y en la localización diferencial de las distintas lógicas de producción residencial.
Aspectos metodológicos
A lo largo del artículo se utiliza el término ciudad en un sentido amplio y descriptivo; no obstante, desde el punto de vista analítico, el estudio se centra en el continuo edificado. En este sentido, el enfoque adoptado dialoga conceptualmente con la noción de aglomeración urbana, entendida como el espacio edificado continuo ocupado por la población, independientemente de los límites político-administrativos. Es decir, reconocible a partir de un “criterio mixto: físico para delimitación, ecológico para identificación” (Vapñarsky, 1984, p. 88). De este modo, para analizar el proceso de expansión urbana, se adoptó un enfoque metodológico orientado a identificar los cambios producidos en el componente físico de la aglomeración a partir de tres elementos centrales: la incorporación de suelo urbano, los distintos tipos de intervenciones residenciales y la dinámica demográfica que acompañó el proceso (Marengo, 2008; 2013). La anexión de suelo urbano se examinó mediante un análisis cuantitativo de la variación absoluta de hectáreas incorporadas a la mancha urbana en tres cortes temporales que coinciden con los censos nacionales de población y vivienda: 2001-2010-2022. Del mismo modo, se cuantificó la incidencia de distintos tipos de tejidos residenciales en esos años. El componente demográfico consideró la cantidad de habitantes1. En función del perímetro urbano en cada corte temporal y los datos de población, se calculó la densidad bruta. Cabe señalar que el uso de la densidad como indicador requiere cautela, dado que se trata de una medida particularmente sensible a los criterios de delimitación de la aglomeración (Rodríguez y Kozak, 2014). En este sentido, su incorporación en el presente trabajo tiene un carácter exploratorio y comparativo entre los cortes temporales definidos.
Como insumo para este análisis, se construyeron mapas de cobertura de suelo a partir del procesamiento de imágenes satelitales de alta calidad de Google Earth2 mediante fotointerpretación en el software libre QGIS (Lanfranchi, Cordara, Duarte, Gimenez Hutton, Rodríguez y Ferlicca, 2018; Cortizo, 2017; Cortizo et al., 2021). Con esta técnica, se clasificaron 9 tipologías de uso de suelo a escala de manzana3. Para abordar el uso de suelo residencial, se incorporó la subcategoría tipo de uso residencial específico para posteriormente analizar la incidencia de los distintos tipos de tejidos en el proceso de expansión urbana (Fig. 1). Adicionalmente, la clasificación realizada se contrastó con datos de uso de suelo de otras fuentes4 y relevamientos de campo propios.
En la presentación de los resultados, los barrios cerrados y grandes loteos abiertos fueron considerados de manera conjunta. Esta decisión no responde únicamente a un criterio de simplificación de la cartografía, sino fundamentalmente a una definición analítica coherente con el objetivo del trabajo, orientado a analizar el crecimiento urbano de La Rioja en el siglo XXI y las lógicas de producción residencial subyacentes. En este sentido, las mencionadas tipologías comparten una lógica de producción residencial promovida por actores privados, orientadas a sectores sociales de ingresos medios-altos y altos, y presentan condiciones morfológicas y funcionales similares en la forma en que producen espacio urbano (Marengo, 2013).
Posteriormente, a partir de los mapas de cobertura de suelo elaborados para 2001-2010-2022, se delimitó el área urbana para cada corte temporal considerando la continuidad de tejidos con usos urbanos. Cuando esa continuidad se interrumpe, se integraron sectores a no más de 5 km del área urbana continua con usos urbanos y una superficie no menor a una hectárea. Cabe mencionar que en la delimitación del área urbana se excluyeron grandes vacíos intraurbanos, algunos equipamientos de gran escala5 y usos productivos intraurbanos, con el objetivo de no distorsionar los resultados. Finalmente, se cuantificaron las superficies urbanas y del suelo ocupado por cada tipo de uso residencial en hectáreas.
Una ciudad intermedia periférica: del escaso desarrollo a la dispersión urbana en el siglo XX
La ciudad de La Rioja es la capital de la provincia homónima y su centro urbano más importante. En términos demográficos, concentra el 55% del total de la población de la provincia (INDEC, 2022). Sin embargo, es una ciudad con escasa población; se localiza en una de las jurisdicciones con menor cantidad de habitantes del país6. La economía urbana, si bien registra una importante presencia de actividades agropecuarias e industriales, se destaca por el peso del sector terciario, fuertemente asociado al empleo público. La provincia tiene una escasa participación en el Producto Bruto Interno (PBI) de Argentina7 y resulta una de las jurisdicciones con mayor dependencia de los recursos tributarios de origen nacional (CEPA, 2025). En este marco, se puede caracterizar a La Rioja como una ciudad intermedia -por su rol regional- aunque periférica en términos económicos.
Se emplaza en el cono aluvional oriental de la Sierra del Velasco, lo que determina una topografía que desciende en sentido oeste-este y es relativamente plana en sentido norte-sur. Actualmente, presenta una mancha urbana en forma de abanico, debido al límite que impone hacia el oeste el cordón montañoso. El crecimiento se estructuró en torno al casco fundacional colonial, al cual convergen las principales vías, y se consolidó como el centro administrativo y comercial de la ciudad. El proceso de urbanización fue lento, desde su fundación hasta mediados del siglo XX, en el marco de una historia atravesada por conflictos bélicos y subordinación económica. Durante la etapa colonial, La Rioja estuvo siempre a la sombra de otros grandes centros urbanos como Tucumán o Córdoba y, posteriormente, cuando se estableció el Estado nacional, tampoco pudo integrarse al modelo agroexportador o, más tarde, al modelo de industrialización sustitutiva (Pírez, 1991). En este sentido, Borello (1989) señala que “la función principal que asume La Rioja durante el proceso de organización nacional y afianzamiento del modelo agroexportador, y también durante la etapa de sustitución de importaciones, es de proveedor de mano de obra barata” (p. 23). Esto significó un sostenido deterioro económico y un éxodo de la población en busca de oportunidades laborales.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, comenzó una dinámica demográfica positiva que se sostiene hasta la actualidad. El proceso estuvo influenciado por la Ley Nacional 22.021 de Promoción Económica para la provincia de La Rioja, que favoreció la instalación de diversos emprendimientos industriales, especialmente en la ciudad capital. Comenzó un proceso de expansión urbana anárquico y disperso. Durante la primera mitad del siglo XX, la dinámica demográfica era absorbida por la consolidación del casco fundacional. A partir de 1950, se avanzó en la ocupación de algunos sectores pericentrales cercanos al casco fundacional y, ya en la década de los sesenta, la expansión alcanzó el periurbano que, paulatinamente, se transformó de uso rural intensivo (quintas) a residencial (Clichevsky, 1994). La política habitacional -especialmente a partir de la institucionalización del Fondo Nacional de Vivienda (FONAVI) en los setentas- tuvo un papel central en ese proceso de expansión urbana. La construcción de conjuntos de vivienda social en terrenos periféricos, debido a los altos costos del suelo en la zona central, generó vacíos intraurbanos que se mantuvieron por periodos prolongados, observando que, hacia finales del siglo XX, la ciudad presentaba una ocupación de suelo extendida (Landeira de González Iramain, 1997).
Expansión urbana y lógicas de producción residencial en la ciudad de La Rioja en el siglo XXI
En el siglo XXI, la ciudad continúa con un proceso de expansión urbana acompañado por un crecimiento poblacional positivo, aunque a un ritmo menos acelerado. El análisis global muestra que, a lo largo del período, la expansión de la superficie urbanizada fue superior al crecimiento demográfico, configurando un patrón de crecimiento extensivo con disminución de la densidad bruta. Entre 2001 y 2022, el área urbana creció un 71% -pasando de 3.407 ha a 5.830 ha- mientras la población aumentó un 45% -de 143.774 habitantes a 207.842-, lo que se tradujo en una reducción de la densidad bruta del orden del 16%, al descender de aproximadamente 42 a 36 habitantes por hectárea. No obstante, este proceso no fue homogéneo, ya que el análisis de las variaciones estandarizadas permite identificar diferencias entre los dos cortes temporales considerados. En el período 2001-2010, si bien la expansión física superó al crecimiento poblacional, las tasas promedio anuales de ambas variables fueron relativamente próximas, lo que da cuenta de un menor desacople entre ambos procesos. Por su parte, entre 2010 y 2022, la brecha entre la expansión de la superficie urbanizada y el crecimiento poblacional se amplió significativamente, evidenciando una intensificación del patrón de crecimiento extensivo en este período. En términos territoriales, se puede reconocer que, si bien la ciudad se expandió en todos sus bordes, el sector sur se configuró como el principal eje de crecimiento (Fig. 2)8.
Figura 2. Estimaciones de superficie y población en la ciudad de La Rioja en el siglo XXI. Fuente: Elaboración propia.
Para comprender el proceso de expansión urbana antes señalado, es necesario considerar las distintas lógicas de producción residencial que incidieron en la configuración de la ciudad. El desarrollo de emprendimientos inmobiliarios privados, las prácticas de autoconstrucción de viviendas y las intervenciones habitacionales estatales, se materializan de manera diferenciada en el espacio urbano y generan patrones de ocupación cuya localización y magnitud resultan claves para interpretar el proceso de expansión de la ciudad.
La tipología con mayor desarrollo en la ciudad corresponde a la categoría residencial en parcela estándar. Esta tipología incorpora tejido residencial en loteos abiertos caracterizados por parcelas estándares -que en el caso de la ciudad de La Rioja tienen en torno a 300 m2- destinadas preferencialmente a vivienda individual. A lo largo del período analizado, esta tipología concentró entre 45 y 38% del área urbanizada, registrando presencia en diferentes sectores urbanos. Por su parte, los barrios de vivienda social, constituyen la segunda tipología con mayor desarrollo y ocupan alrededor del 13% del área urbana en todo el período analizado. Se trata de intervenciones que, si bien tienen presencia en diferentes localizaciones son especialmente relevantes en el norte y sur de la ciudad. Por su parte, los grandes loteos abiertos y barrios cerrados son la tercera tipología en términos de incidencia en la superficie urbanizada, aunque con un peso considerablemente menor en comparación con los barrios de vivienda social. Este tejido representó entre el 8-9% de la mancha urbana a lo largo del período analizado. A diferencia de otras tipologías residenciales, la localización se concentró de manera preferencial en el oeste de la ciudad. Los barrios populares constituyen la tipología con menor incidencia en términos de área urbana con una participación que osciló entre el 1-3% de la superficie de la mancha urbana en el periodo analizado. Se trata en su mayoría de barrios de escala reducida, localizados en su totalidad en las áreas periféricas, sin presencia en zonas cercanas al centro (Fig. 3).
El análisis realizado permite reconocer algunas diferencias respecto al crecimiento que atravesaron estas diferentes tipologías residenciales. Hacia 2001, los barrios de vivienda social ocupaban 444 hectáreas y, si bien estaban presentes en diferentes sectores pericentrales y periféricos de la ciudad, se reconoció una mayor presencia de conjuntos de vivienda social al norte de la ciudad. Estos barrios, en su mayoría, fueron producto de operatorias FONAVI desarrolladas en las últimas décadas del siglo XX. En 2010, este tipo residencial alcanzó las 571 hectáreas, lo que significó un crecimiento del 29% y, a diferencia del período anterior, en esta etapa su expansión se orientó hacia el sur. Esto respondió a dos factores centrales: por un lado, la disponibilidad de suelo en propiedad estatal en este sector de la ciudad y, por otro lado, al fuerte impulso de programas de construcción de vivienda en el marco de la Política Federal de Vivienda, que tuvo una importante incidencia en la ciudad, especialmente a partir del año 2005 (Ávila, 2021). Posteriormente, en 2022, los barrios de vivienda social se expandieron y ocuparon 741 hectáreas, lo que significó un crecimiento del 30% respecto a 2010. La localización de los conjuntos de vivienda social continuó concentrada en el sur de la ciudad, consolidando el patrón de crecimiento asociado a la disponibilidad de suelo en propiedad del Estado provincial (Fig. 4).
Figura 4. Vivienda social en la zona sur. Fuente: Administración provincial de Vivienda y Urbanismo de la provincia de La Rioja.
Por su parte, los grandes loteos abiertos abarcaban una superficie de 253 hectáreas en 2001, mientras que los barrios cerrados eran incipientes en la ciudad y ocupaban apenas 15 hectáreas. Como se mencionó, este tipo de emprendimientos se localizan preferencialmente al oeste de la ciudad. Esto se explica tanto por las condiciones paisajísticas vinculadas a la Sierra del Velasco como por el marco normativo local y el proceso histórico de ocupación de este sector. El principal instrumento de regulación de los usos y fraccionamiento del suelo en la ciudad es el Plan de Ordenamiento Urbano (Ord. 2.225) sancionado en 1992. Para el caso del sector oeste, la normativa define un menor factor de ocupación de suelo y lotes mínimos de mayor tamaño en la ciudad, con el objeto de aprovechar la sierra y “producir una conformación del paisaje urbano diferenciado” (Ord. 2.225). Por su parte, en 1995, con la ordenanza 2.588, se incorporó la figura de Urbanizaciones Especiales (UE) al mencionado plan, lo que habilitó el desarrollo de barrios de perímetro cerrado. El desarrollo preferencial de este tipo residencial debe entenderse como la continuidad de un patrón iniciado en la década de los noventa, cuando comenzó un paulatino proceso de transformación de las quintas del sector oeste a uso residencial. Al respecto, Landeira de González Iramaín (1997) señala: “Aparece un área residencial hacia el oeste, en la zona de Cochangasta, con viviendas rodeadas por parques a la manera de las grandes ciudades” (p. 186).
Hacia 2010, los grandes loteos abiertos alcanzaron las 330 hectáreas, lo cual significó un crecimiento del 31% respecto a 2001, mientras que los barrios privados, aunque mantienen una escala pequeña, prácticamente triplicaron su superficie y pasaron a ocupar 42 hectáreas. Al igual que en el período anterior, el desarrollo de este tipo residencial se concentró de manera exclusiva en el cuadrante oeste, lo que confirma la persistencia del patrón iniciado a finales del siglo XX, favorecido por las condiciones paisajísticas de las sierras y del tipo de fraccionamiento determinado por la normativa urbana local. En este período también es importante mencionar que el crecimiento hacia el oeste se vincula a la construcción de la avenida de circunvalación, que fue clave para dar mayor accesibilidad al sector. En 2022, los grandes loteos abiertos también ampliaron su presencia, alcanzando una superficie de 439 hectáreas, lo que supuso un crecimiento del 33% respecto a 2010. Este tipo residencial continuó creciendo y ganando ocupación en el cuadrante oeste de la ciudad. Sin embargo, por primera vez se registró un emprendimiento en el pedemonte noroeste, lo que sugiere un incipiente corrimiento de la frontera de urbanización hacia nuevas áreas con atractivo paisajístico vinculado a la sierra.
En este sentido, cabe considerar lo ocurrido en relación a los barrios privados. Su ritmo de expansión fue más moderado que en la década anterior; en 2022, alcanzaban una superficie de 60 hectáreas, lo que implicó un incremento del 43% respecto a 2010. En este caso, la localización predominante se registró hacia el oeste de la ciudad. No obstante, se identificaron dos iniciativas que marcan una novedad en la distribución espacial: un emprendimiento en el sur y otro en el pedemonte noroeste. De este modo, la aparición de barrios abiertos y cerrados de grandes loteos por fuera del tradicional cuadrante suroeste puede interpretarse como un indicio del progresivo agotamiento de la brecha de renta potencial del suelo en el sector oeste y un desplazamiento de la oferta inmobiliaria hacia el sur y el noroeste de la ciudad (Fig. 5).
Finalmente, los barrios populares tenían a principios del siglo XXI una escala reducida; ocupaban apenas 35 hectáreas, es decir, menos del 1% del área urbana total. Hacia 2010 sumaban 43 hectáreas, lo que significó un crecimiento del 20%, mientras que para 2022 experimentaron el crecimiento más significativo, prácticamente triplicaron su superficie y alcanzaron las 158 hectáreas. Si bien los barrios populares presentan una escala reducida en términos relativos dentro de la estructura urbana de la ciudad, representan la tipología residencial que más creció en el período analizado. La expansión de la informalidad se destaca especialmente en el pedemonte noroeste, la periferia este, vinculada a actividades productivas e industriales, y en el cuadrante sureste de la ciudad (Fig. 6).
Reflexiones finales
Los resultados obtenidos permiten comprobar que la aglomeración de La Rioja viene atravesando un importante proceso de expansión urbana con disminución de la densidad poblacional bruta en el siglo XXI. El análisis de las variaciones estandarizadas de la superficie urbanizada y de la población evidencia que la expansión física se produjo a un ritmo superior al crecimiento demográfico, lo que da cuenta de un patrón de crecimiento urbano de carácter extensivo. No obstante, al comparar las tasas promedio anuales de crecimiento de cada variable, se observan diferencias en la intensidad de dicho proceso. Entre 2001 y 2010, si bien el crecimiento de la mancha urbana fue superior al poblacional, este desfase no resultó pronunciado. Los valores relativamente próximos permiten interpretar este período como una etapa de menor desacople relativo entre ambos procesos. En cambio, entre 2010 y 2022 se registra una ampliación significativa de la brecha entre la expansión de la superficie urbanizada y el crecimiento poblacional, configurando ciclo expansivo en el cual la incorporación de suelo urbano excedió ampliamente al crecimiento poblacional y derivó en una caída pronunciada de la densidad bruta.
Por su parte, el estudio realizado también posibilitó identificar la incidencia de diferentes lógicas de producción residencial -de mercado, estatal y de la necesidad- que caracterizan la configuración edilicia resultante del tejido urbano creado y la localización en diferentes áreas periféricas. El caso de La Rioja corrobora la hipótesis de que las intervenciones estatales -directas e indirectas- han tenido un impacto central en el proceso de expansión urbana reciente, habilitando nuevas áreas residenciales periurbanas.
En el período analizado, al comparar los diferentes tipos de intervenciones residenciales, se evidencia que la vivienda social resulta la tipología residencial con mayor incidencia en la extensión de la mancha urbana. Hacia el sur, la disponibilidad de suelo público fue el factor determinante para definir la localización de la política habitacional, y explica el proceso de crecimiento de la ciudad hacia ese sector. La concentración de vivienda social en esta área se vincula con la posibilidad de reducir los costos de acceso a suelo y, de esta forma, destinar mayores recursos a la construcción de unidades. La disponibilidad de tierra pública impulsó además el desarrollo de otros loteos formales, así como asentamientos informales en el sector sureste de la ciudad. En este marco, si bien la aparente desarticulación entre la política urbana y la habitacional puede ser entendida como una omisión, en el caso de la producción de vivienda social en La Rioja, la localización es el resultado de la transferencia de suelo público nacional al Estado provincial. No existió una planificación previa que analice la mejor localización para la vivienda social, sino que esta quedó supeditada a la disponibilidad de suelo público.
Por otra parte, los grandes loteos abiertos y cerrados, si bien presentan una incidencia sensiblemente menor que la vivienda social en la expansión de la mancha urbana, presentan un ritmo de crecimiento proporcionalmente mayor. Se verifica una localización preferencial de este tipo de intervenciones en el área oeste de la ciudad, vinculada al valor paisajístico y ambiental por la proximidad del cerro. Las acciones estatales directas e indirectas a través de la normativa urbana contribuyen a consolidar el sector oeste como un área preferencial de valorización inmobiliaria. Las posibilidades de fraccionamiento de lotes de grandes dimensiones y la construcción de la avenida de circunvalación, infraestructura clave para la movilidad, ampliaron la accesibilidad y potenciaron la valorización inmobiliaria, consolidando un patrón de crecimiento diferenciado en este sector de la ciudad. No obstante, la identificación de proyectos abiertos y cerrados con loteos de grandes dimensiones en el sur y el noroeste de la ciudad sugiere una incipiente expansión del proceso de valorización inmobiliaria hacia nuevos sectores.
Finalmente, observamos que el caso de los barrios populares, aunque representan el tejido residencial con menor incidencia en términos absolutos en el crecimiento de la mancha urbana, fueron los que registraron el mayor crecimiento relativo en el período analizado. En términos espaciales, se localizaron en la periferia urbana, con una mayor concentración en el cuadrante este de la ciudad. Hacia el noreste, en zonas asociadas a usos productivos e industriales y, hacia el sureste, ocupando intersticios generados en torno al proceso de expansión impulsado por la política habitacional, aunque sin llegar a integrarse de manera contigua a ese tejido. La expansión de la informalidad revela las limitaciones estructurales de la política habitacional para satisfacer una demanda creciente y pone de relieve las desigualdades que persisten en el acceso al suelo y la vivienda a pesar de la centralidad que tuvo su materialización en las últimas décadas en la ciudad.
En este marco, la expansión urbana de La Rioja no puede comprenderse únicamente como un fenómeno físico o demográfico, sino como el resultado de la articulación -y las tensiones- entre el mercado, el Estado y la producción social de hábitat. La coexistencia de estas lógicas de producción residencial produjo una configuración diferenciada de los bordes urbanos. La disponibilidad de suelo público, la normativa urbana local y las dinámicas especulativas del mercado de suelo actuaron como factores determinantes del proceso de expansión urbana. El patrón de crecimiento de La Rioja expresa, en clave local, las contradicciones estructurales de los procesos de urbanización latinoamericanos: expansión extensiva, baja densidad y profundización de las desigualdades socioterritoriales.
